jueves, 12 de octubre de 2017

Una piba en medio del baldío




(Prólogo a Desabrigada, de Flor Arias. Cuaderno de elefantes, 2017).


La intemperie es un baldío con yuyos, con insectos que pululan entre los precipicios que se forman entres los pedazos de cemento, con grietas en la tierra, con hormigueros tupidos que nadie se anima a destruir, con vidrios rotos de botellas que saciaron a otros. Un baldío es una esperanza irremediable, un espacio vacío rodeado de construcciones en las que viven personas que, quizás, se quieren, quién sabe. Desde el aire, desde un drone sensible, el baldío se ve como una lastimadura que late, como una sonrisa de cansancio a la que le falta un diente, “isla que / aquí / me aísla”. 

Es un día de sol, pero hace mucho frío, y en el medio del baldío hay una piba cruzada de brazos con una camperita de cuero negro, una piba que tirita, una piba que mira el piso heterogéneo que la sostiene, una piba que se acomoda el pelo detrás de la oreja y piensa:

“No me interesadistinguir verdadesvoy a decírteloaquí y ahora:no encuentronada absoluto”.

La piba piensa y escribe en su mente, su corazón es el enter, así corta los versos que aparecen corte flashes, los archiva y sigue con los brazos cruzados. En un silencio montañoso, la piba se sostiene con los ojos en lo todo, pronostica el pasado, interpela el presente, le punguea futuro a los almanaques que no existen. Y sin querer, se exilia en Salta, y aunque exiliarse suene tremendo, incluso pretencioso, hay una intensidad en ese concepto que sirve para juntar fuerza, porque está re bueno todo lo que sirve, aguante lo que junte fuerza y haga que las cosas estén mucho mejor, como si la vida fuese un loop de esa canción de Él Mató. 

Resulta que, como en todo exilio, lo innombrable siempre es protagonista. Y la piba trae consigo esa constitución invisible, sigue en el medio del baldío y tiembla, pero ni en su cabeza, ni en las páginas que llenará después, escribe la palabra Salta, sólo se dedica a sentir la ciudad, a reconstruirla, a establecerla, desde la siesta, desde las persianas con óxido, desde un departamento, desde un tanque de agua, desde la infamia de cumplir horarios. Así, en pleno despelote minucioso, la piba en el medio del baldío extraña las calles de Villa Urquiza, aprovecha la melancolía y hace lucir el nombre del barrio como un trofeo que le pertenece, y escribe, y escribe, y escribe, la piba en el medio del baldío diagrama poemas en su cabeza, poemas que empoderan todos los úteros del mundo, y se le cae una lágrima, y el corazón de la piba sigue siendo el enter, y escribe versos poderosos para que la virilidad que oprime se desvanezca en su propia lava, y escribe, y escribe, y escribe, y aunque se esté muriendo de frío en una intemperie tan precisa, está convencida, reconoce su clase, defiende las batallas que nos exceden, y escribe, y lucha, y comprende:

“No hay algo que legisleesta angustia contemporánea”




Leandro Gabilondo




domingo, 24 de septiembre de 2017

La muerte, por las noches, anda suelta





Entre la lectura de una obra teatral y la expectación de una obra teatral hay un universo de diferencias. Aunque el texto se respete con rigurosidad; aunque los elementos imaginados por el lector concuerden con el color, textura y luz de los elementos físicos sobre el escenario (la fisicalidad que establece esa cosa llamada realidad); y ese universo de diferencia radica en el factor vivencial. En lo orgánico. En la reacción química que produce la interpretación.
Antes de ese factor, los personajes son fantasmas cuyo rostro ha sido provisto por nuestra imaginación, por nuestra base de datos cerebral. Es por ello que toda aproximación será siempre incompleta y parcial. La obra de teatro mental (la película mental, como dicen) es siempre injusta para con el mundo real y, cuándo no, para con el mismo texto.

Por lo tanto debemos preguntarnos si nuestra mente no es quien nos juega una trampa. La trampa de no ver. La trampa de no imaginar. Hemos sido programados y condicionados para imaginar lo imaginable, para diseñar mentalmente lo plausible, no lo prohibido. No lo crucial, no lo cruento, no lo escandaloso.

En Hay cadáveres, de Lucila Lastero (1er Premio Concursos Literarios Provinciales 2015 – Categoría Teatro, Fondo Editorial. Secretaría de Cultura de la Provincia de Salta) nos vemos interpelados a imaginar una escena con doble rostro. Primero: lo rudimentario; un parquecito nocturno, tres bancos de madera y tres humanos, cada uno con su infierno personal. Segundo: lo demencial; un cementerio plagado de símbolos, una pasarela con luces de calle y la voz de Néstor Perlongher recitando “En lo preciso de esta ausencia / En lo que raya esa palabra / En su divina presencia / Comandante, en su raya / Hay cadáveres…”.

Todo es ilusorio. La aparente sencillez del escenario propuesto como la rapidez en los diálogos, la fuerza de lo coloquial como un disfraz de lo ulterior deja mucho que preguntarse. Nada termina siendo claro. Dafne, una chica trans que encarna la voz de la emergencia social en contra de la violencia sistemática, la construcción constante, tiene como eje el centro de todo: esperar. Esa espera puede conducir a terminar del mismo modo en que termina sus relatos, llenos de putas muertas, de familias de lo bajo, de una sensibilidad urbana e intensa. En la primera escena del segundo acto, nos encontramos con los personajes de jóvenes, una regresión a la palabra propia. No se trata de un mala dosificación de histrionismo: el contacto visual está latente, se habla para el público (¿para el lector?) pero no solamente como un monólogo interno, sino como un trasfondo de la obra misma. 

Los personajes llegan a ser arquetipos sociales cuya charla, por momentos, cruza lo caricaturesco. Dafne bailando sobre el banco de madera con forma de ataúd en el que estaba sentada, mientras el policía y el chico bien la alientan con masculinos aplausos. La obra tiene muchos momentos así: rayan lo burlesco, cuando en realidad enfrentan fuerzas simbólicas del ahora.

“Ella se prostituía porque no conseguía otro trabajo. Ella quería, pero no conseguía. No se contentaba con tener que hacer estallar el cuerpo todas las noches. Decía que esos cuerpos, los de la noche, son los que la ciudad sepulta en la oscuridad porque no quiere ver, porque son basura. ¿Vieron cuando uno apaga la luz para que no se vean las basuritas de los muebles? Así. Es lo que está ahí, pero nadie quiere ver. Lo que a la sociedad le sobra”. Dafne se dirige con la mirada clavada en el público (¿o la actriz que haga de Dafne debe mirar al público mientras habla?) (¿o el personaje se habla a sí mismo a través de la mirada de quien lee?). Las escenas se van apagando, al final la autora indica: “Oscuridad”. Así pasamos al otro acto. Apagando y encendiendo las luces, como un juego poético y tenebroso, con lapsos de tonos alegres.

Guiños sobre casos policiales de la típica sociedad feudal salteña aparecen en boca de los personajes, que no debaten ni se entienden: solamente se deshilvanan solos, cada uno según su luminosidad o perversidad. Dafne, la chica trans que lucha por la creación de una zona roja en la ciudad, juega con lo que va descubriendo: libros, vidas ajenas, poder. Pero tampoco olvidar que aunque se trate de una escenario que podría ser una pesadilla, estamos en un ambiente verosímil: plaza, madrugada, travesti, policía, y cadáveres. Estamos leyendo (o espectando) una obra con una base de sucio realismo, de veracidad actual, de crudeza argentina. 

Lucila comete la afortunada crueldad de no prepararnos para el final de la obra, que es completamente discordante con lo que veníamos leyendo: casi hasta un atisbo de esperanza y entusiasmo emana de los diálogos, de las expresiones bien salteñas y boludas de ese personaje pusilánime que es Rodo. El policía muere sin morir: la obra se lo traga: el escenario es su propia extinción. Seguimos entre lo ilusorio, lo simbólico y lo real. Porque al final, el presagio se cumple, el telón se cierra y nos quedamos como en el principio, oyendo la voz de Perlongher, en medio de la oscuridad absoluta.

Lucila dedica el libro a la memoria de su padre y a sus sobrinos “con la esperanza de que les toque crecer en un mundo más justo y tolerante”. Una esperanza que a lo largo de la obra se hace carne y voz, a pesar de su aparente violencia y tristeza sanguinaria, porque la obra cierra, los personajes se acallan. La poesía sigue.



Foto: Patricio Estroz




viernes, 22 de septiembre de 2017

Una playa inhóspita





En los intrincados e infinitos pasillos de internet la pregunta "¿Por qué leer?" aparece muchísimas veces. Aparece más veces de las que ha sido respondida con sentido. Entre las respuestas usuales encontramos reiteraciones convencionales como 'pasatiempo' o 'entretenimiento', 'búsqueda de conocimiento', 'placer hedonista'.

Por varias razones siempre desconfié de estos argumentos. O quizá desconfío de que la lectura se trate de un simple mecanismo de defensa contra la realidad, como un acto masturbatorio recreativo (al igual que la escritura, la más de las veces). Hay algo en ese placer efímero en ademán de hobby que, creo percibir, quita mucha de la intensidad que se encuentra en el texto.

Leer comprometidamente es esencial. Convertir el acto placentero de leer en algo más que una simple actividad para pasar el tiempo, en algo más que distracción sensorial.

Sin embargo, hay otra respuesta que también se reitera muchas veces. Confusa tal vez, pero de una dirección única. Para habitar otros mundos, para perderse en otros mundos.

No es difícil imaginarse a un lector de novelas como un humano enfrascado en las páginas que detonan su imaginación y lo hacen creer recorrer las geografías que está leyendo, sentir las emociones que está leyendo, enfrentar los retos y avatares que está leyendo. Un lector activo. Un espectaactor. Alguien que lee de modo despierto, que se inaugura nuevas preguntas en tanto el texto sobrevive.

Pero no preguntar solamente ¿qué pasa en el siguiente capítulo? sino también ¿qué hay detrás? ¿qué sustancia ulterior representa la escena que se atraviesa?

Esto pasa cuando uno lee Tierra del fuego, de Julieta Antonelli (Alto Pogo, 2016). Los lectores de solapas se van a encontrar con los breves datos biográficos de una bióloga, y podrá huir de una posible novela científica. Los lectores de contratapas se van a encontrar con un texto tráiler que le hará pensar en un diario de viaje, en un recorrido personal. Habrá que internarse en las páginas de la historia para comprender, finalmente, que se trata de un artilugio mucho más complejo. Habrá que aventurarse junto a la protagonista, Juana, en un intercambio siempre injusto entre el tiempo en constante movimiento, en presente continuo, y los rostros que van atravesando su vida. Parece un ejercicio literario rudimentario: por la forma en que está escrito, pero resguarda algo mucho más conmovedor: la brutalidad hermosa de un vaivén entre la distancia, lo salvaje y lo humano.

Esos rostros son algo en lo que me detuve muchas veces leyendo este libro. No se tratan de simples personajes secundarios con esporádicas apariciones retomando la palabra y aportando un poco de información para que la historia avance en pos de tiempo muerto. Aquí no hay tiempo muerto. Todo rostro que se digna de aparecer en la novela tiene un grado de importancia altísima, se la juegan incluso en mínimos diálogos confusos tanto para Juana como para uno, de este lado del papel. Hasta los cadáveres cetáceos que descansan en lenta putrefacción sobre esa playa inhóspita tienen voz propia. No olvidemos que se trata de una novela situada en el fin del mundo: el clima, la grafía, los desplazamientos, las evoluciones, son todos elementos que conviven en una casa museo, la estancia Hamberton sobre el canal de Beagle. El frío, el viento y el pavor del mar no son suficientes para que las escenas se congelen: todo ocurre de forma abrupta, dentro y fuera de la mente de Juana, que sobrevive a esta búsqueda de un monstruo personal.

Sí, hay información a montones. Desde una lista de especies animales hasta un complejo inventario de sistemas de estudios marinos. Solamente quien conoce a la perfección estas definiciones puede novelarlos de tal modo que el lector no corra a las ventanas de Google para buscarlos. Solamente quien conoce a la perfección este camino sabe cómo otorgar oxígeno suficiente para que nos quedemos hasta el final. Hay un mar asesino (¿o redentor?) que se lleva un rostro vivo. Hay un ermitaño alejado del mundo en medio de esa nada viva. Hay un zifio siempre oculto que se encapricha en instalar obsesiones. Hay una suerte de aislamiento propiciado con la lejanía donde el vínculo con la tecnología toma partido en la forma en que los personajes se relacionan con sus propios fantasmas, tembleques y terroríficos.

"Las cosas son mucho más jodidas de lo que vos te imaginás. Allá en Tandil tengo a mi esposa, Inés. Me casé después de que estuvimos un año de novios porque ella estaba desesperada por tener su familia perfecta. Yo prefería recibirme en la facultad antes de casarme, pero al final terminé haciendo lo que ella quería. Estaba obsesionada con tener hijos, me volvía loco con eso. Al toque que nos casamos quedó embarazada. Nunca la había visto tan feliz, ni siquiera el día de nuestra boda. Cuando se hizo la ecografía de los seis meses, nos dijeron que el corazón del bebé se había detenido y que había que inducir un aborto. Le dieron las pastillas y volvimos a casa. A las dos horas, empezó a gritar de dolor y a sangrar descontroladamente. Yo estaba desesperado, pero los médicos me habían dicho que el procedimiento era así, que tenía que expulsar al bebé muerto sí o sí. Después de un montón de tiempo, ni sé cuánto, vi salir un feto horrible de adentro de ella. A partir de ese momento no me pude sacar más esa imagen macabra de la cabeza. Pasaron los meses y yo no pude volver a estudiar porque no podía concentrarme ni un minuto, pensaba todo el tiempo en eso. Al final terminé diciéndole a Inés que me venía a Tierra del Fuego a hacer la pasantía. Se imaginan que no puedo volver ahora y decirle que voy a tener un hijo con otra". Cuenta un personaje, alrededor de un fuego preciado, en un momento de debilidad disfrazada.

Se trata de una historia con sumo atrevimiento. Pero no el atrevimiento que se erige sobre el supuesto escándalo del lenguaje, sino sobre el atrevimiento que solamente es reconocible en la triste belleza de la verosimilitud. En donde la realidad choca con su propio cuerpo, y desaparece, dejando a ese personaje hablando y a nosotros siendo parte de la misma profundidad abisal.









domingo, 10 de septiembre de 2017

Bajo una nube gris





Uno de los poemas de La Plata Spoon River (Libros de La Talita Dorada, 2014) finaliza diciendo: “Ahí sentí: me iba y el agua / me dejaba bajo tierra y de ahora / en más mi voz / quedaría en un apenas de silencio / en un casi de latido / ya sin corazón / en el temblor / de un último manotazo / salpicando las palabras / y todos los sentidos”. Se trata del poema que responde al nombre de Alberto Néstor Lancón. Responde porque el poema se erige como una respuesta: los 76 poemas del libro son epitafios a modo de respuesta presente que se nombra por encima de la tragedia. La lista de muertos y desaparecidos en las inundaciones en la ciudad de La Plata aparecen como títulos de los poemas. El poeta queda detrás, casi como un médium que le da voz a los muertos que se llevó el agua. Es un experimento interesante (uso la palabra experimento con total responsabilidad) que nos permite leer a quien ya no está de este lado de los vivos y a quien le propicia su palabra y sentidos.

Pero estamos hablando de algo que sucede en el después, de voces bañadas por la tormenta que ya pasó. ¿Qué sucede cuando el diluvio está en presente continuo? ¿Qué ocurre cuando la voz presente es la que está batallando contra el lodo, escogiendo qué pertenencias mundanas salvará del apocalipsis?

En Parcial mente nublado, de Elizabeth Soto (Almadegoma Ediciones, 2017) es la dueña del yo lírico la que está recibiendo víveres a través del techo de su casa, mientras la lluvia sigue. Es el yo en primera persona que mira y dice y cuenta y hasta se sorprende de ver cómo el circo instala su carpa no muy lejos. Pero no es la sorpresa de quién se esperanza en el advenimiento, sino de una sorpresa parcial de quien conoce el pronóstico antes de que ocurra, de quien se ríe ante los perros con los lomos pelados que andan por el barro. “Nos desprendimos de las cosas materiales / para ser simples ideas vagabundas”. Es decir que no estamos leyendo una crónica necrológica de la inundación de un pueblo, sino el relato de los tenues movimientos que realizan fantasmas en un mundo sin tiempo, donde siempre llueve, donde la ayuda prometida no llega nunca, un pueblo de tormenta nuclear, con madres que lloran y alimentos del más lejano ayer.

Casi como un recordatorio de aquel ejercicio literario inútil de tan gracioso que plantea la búsqueda sensorial de una abstracción, el libro divide sus partes en base a preguntas: “Si el amor fuese un color, ¿qué color sería?”, y de esa manera se deshilvanan los poemas, recopilando sensaciones y paisajes pequeños para dar evidencia de que existe un atisbo de luz sobreviviendo en medio del apagón. No es un mensaje optimista: se trata de un alcance de certeza: “por las tardes organizamos concursos de figuras en las paredes / esa mancha se parece a la virgen de punta corral, dice mi hermano / le rezamos / le rezamos / padrenuestros / ave marías / sigue sin salir el sol”.

A pesar de que el cuadro parezca funesto a simple vista tenemos la buena fortuna del raciocinio: “la lluvia no para / no paro de escribir”. Mientras el diluvio se configura como el afuera, el monstruoso contexto del lenguaje, en el adentro existe esta persona de ojos abiertos que escribe. Como si fuera esta la única forma posible de subsistir. Como si fuera el poema el único formato posible de aprehender lo sucedido. Los personajes van por ahí, con aburridos temblores de frío y hambre, a la vez que son los cercanos, los queridos. Recuerdos y certezas del pasado se mezclan con el presente en varios pasajes, ayudando a confundir qué es realidad y qué ensueño. “Entonces sube una mujer igual a mí en el colectivo / está embarazada / nos miramos y somos una / se toca la panza y siento que algo se mueve en mi / algo que quiere gritar / algo que patalea / hay algo en mis entrañas que se mueve / que me estira las vértebras / que quiere nacer…”.

Algo nace al final de todo, en medio del desastre.



Mario Flores
Tartagal, septiembre de 2017



Arte de tapa: Pablo Espinoza





Presentación a Un silencioso modo de arder





Universidad Nacional de Salta – Sede Regional Tartagal
Carrera Profesorado y Licenciatura en Letras

Viernes 11 de agosto de 2017
Organiza: Escuela de Letras
Aprobado por Res. 340 – SRT – 17 


Foto: Gabriela Juarez

Cuando en el pasado mes de mayo realizamos el IV ENCUENTRO DE HUMANIDADES quedó abierto un espacio de expectativas porque se mostró la existencia de un vacío.
Hay muchos vacíos por estos días en nuestros lugares comunes y propios… No podemos resolverlos a todos ciertamente. Pero seamos conscientes de que están y nos convocan a movernos… los ojos, las manos, los pies, los labios están en “Un silencioso modo de arder”.
Aquí ponemos entre paréntesis la clase, la teoría, la referencialidad autoral, los modelos, las reglas, los mandatos… Este es un momento y una invitación a sentir.
Sentir otros sonidos, otros ritmos, otros gestos. Cambiar la velocidad, mirar con detenimiento y reconocer-nos en ese giro. Hay algo más en nosotros que el vértigo y la urgencia cotidiana, que los miedos sin horarios y las compulsiones de las lecciones.
Hay… otro modo de arder… en el paisaje de todos los días, y hay quienes – como Mario – a esa luz familiar le da un tono de lenguaje voraz, de talla fina que desnuda el hueso de la materia, como en Burbujas cuando dice:

Después de cada respiro
emerge un paso
y el planeta se impulsa
entre el gentío

A pesar de todo seguimos andando. Está la muerte y sus duelos, el desamor y su silencio, el encuentro y su celebración, el mundo en crisis y desolado, el otro en llagas y uno, impotente.
Pero están las palabras también, por don y por desesperación jugando entre versos, márgenes, estrofas, y entonces esa palabra renueva una forma de valentía para mirar el mundo y nombrarlo sin entuertos, sin eufemismos, con intensidad, con impulso para que nada nos sea indiferente y nos reconozcamos uno pero también nosotros y aquí.
La Escuela de Letras agradece a Mario Flores por invitarnos a mantener abierto el espacio de la poesía, y al Consejo Asesor y a la Comunidad Universitaria de esta Sede Regional porque aceptó y acompañó a colocar en sus aulas este paréntesis.
Por más poesía, por más palabras, por más encuentros.
Y que todos y todas los que sentimos la poesía la enarbolemos para meter las manos y los pies en la vida, porque sin palabras poéticas la muerte gana.


María Beatriz Bonillo



Foto: página libro. Mario Flores





miércoles, 9 de agosto de 2017

Dios nos cría y el grunge nos amontona





Alguna vez, seguramente hace muchísimos siglos - tiempo cerebral, aclaro - habré creído que leer se trataba de una actividad recreativa. Seguramente alguna vez, hace muchísimos siglos, habré puesto leer en algún casillero que indicaba "pasatiempos". Como si se tratara de eso: un acto cuyo propósito era pasar el rato, matar minutos, entretenimiento trivial, un hobby.
Alguna vez, seguramente hace muchísimos siglos, mi lectura tenía como propósito ese slogan que sigue todavía hoy en boga: escaparse. Se nos enseña, de hecho, que leer es la terapia indicada para 'salirse' del mundo por un rato y "descansar".
Irónica y afortunadamente el leer, para mí, se ha convertido en la forma de venir al mundo (¿venirme en el mundo?), no de escaparme sino de comprometerme. Leer como una configuración del compromiso. Leer con algo más que el simple y banal propósito de echar mano a un mecanismo de defensa contra el tedio. Leer con todos los sentidos. Leer despierto. Me digo a mí mismo: voy a leer. Voy a realizar una tarea importante. Voy a hacer algo sustancial, ritual.

Esa toma de decisión tiene mucho que ver en el texto que finalmente se lee: si me comprometo conmigo mismo y con lo que leo, es más que probable que sea capaz de entender y aprehender lo que estoy leyendo. Serán muchas más las cuestiones y los interrogantes que ese texto me obsequie. Serán mucho menos los minutos y las horas que ese texto me quite si resulta que no me genera nada nuevo, a tiempo para arrojarlo lejos. Esa capacidad de discriminación facilita mucho nuestra vida de lectores. ¿Para qué leer aquello que finalmente no te genera nuevas preguntas? ¿Para qué poner cuerpo, mente, tiempo y alma introduciéndose en un libro que termina siendo un simple compilado de hojas que no nos conduce a ninguna nueva pregunta? Los así llamados lectores por placer aseguran que sólo les basta que la novela sea atrapante y los poemas lindos, que lo que importa es pasarla bien. Por mi parte discrepo y considero prestar atención al modo en que las palabras nos condicionan, y que lo recreativo sea más que un acto de diversión estática. Que leer sea un verdadero acto de re crear, de otra vez configurar el mundo.

En Bonsái, la genial novela de Alejandro Zambra, el personaje llamado Emilia dice que En busca del tiempo perdido, de Proust, fue el libro más importante en su vida como lectora. Usa esas palabras: vida como lectora.

Todos tendremos una vida profesional, una vida amorosa, una vida familiar. Una vida lectora. De lectores. Y merecerá el mismo cuidado que las demás vidas y que todas las vidas que decidamos tener, que será a la vez una y todas. El mismo cuidado que se le brinda a la salud. ¿Seremos lectores saludables? ¿Estaremos siendo lectores chatarra? ¿O lectores puristas? ¿Lectores veganos?

Nunca leí algo que no quise, y trato de darle a cada lectura la misma importancia que merece un acto, como dije antes, sustancial, ritual. Hace unos meses estuve a 11 mil metros de altura, volando de regreso a casa. Leyendo. En ese momento, quizá por cuestiones inasibles que conciernen a la fenomenología de la nostalgia, me sentí auscultado por un lenguaje misterioso y brutal cuando leí: "Si me lo propongo, / este espacio puede ser mi hogar".

En el cuerpo, de Paula Giglio (Ediciones del Dock, 2016), es en efecto un libro importante en mi vida como lector. Con la exacerbación emocional suficiente y típica que requiere semejante aseveración para el libro de una contemporánea. Porque, en realidad, esos son los libros que más me conmueven: los de mis contemporáneos de carne y hueso. Esos que desde lo pequeño y, a veces, lo secreto, vienen al mundo y lo habitan. Lo hablan. Le ponen palabras a tanto delirio.

En la contratapa del libro, Laura Wittner apunta un dato tan importante como curioso: "Paula parece una mujer delicada, y lo es; pero en su búsqueda no le teme a nada y su poesía florece en la ocasional incursión en la brutalidad". Palabra clave, creo, para lograr entender de qué estamos hablando: no de la voluptuosidad de aparente peso presumido por el poema, sino de la natural contundencia con que éste se dice. Nos dice, ya que estamos hablando de algo cuya constitución está siendo parte de nuestra forma de ahondar en el lenguaje. Y no se trata de un lenguaje enrevesado ni tampoco de un malabarismo convencional de las elocuencias pretenciosas ya conocidas. No. Se trata de un texto hecho de conciente monstruosidad. Nada está dejado al azar.

"Una palabra más / y se rompe el equilibrio", comienza diciendo en Principio antrópico, un poema breve casi a modo de hit. No olvidemos que estamos leyendo un conjunto de elementos naturales que levan a partir de un cuidado razonamiento del universo habitado. Estamos desmenuzando ese universo.

En el principio era el caos:

platos de ayer en la mesa, 
migas sobre el mantel.
Una cuchara revolvía
dentro de la taza universal
y el espíritu vagaba
sobre la faz del café.
Todas las cosas estaban mezcladas:
ceniza, vapor,
labial en el vidrio, ojeras,
pulseras, uñas con brillo.
Háganse los ojos,
y el espíritu parpadeó.
Estiró el brazo
para alcanzar el fuego.
El olor a tabaco inundó la cocina.

"Tabaco para armar / 1"


Estoy seguro de que en cierta página llegará el momento de confundirse y leer mal. Estaremos creyendo leer el poema de una chica joven, con un gato en brazos, observando la lluvia, que revela amores de silenciosa frustración, evaporándose en cigarrillos inconclusos. Una postal revisitada, como si estuviéramos viendo una película indie británica del 2010. Sin embargo, estamos frente a algo más complejo, a pesar de su aparente ingenuidad estamos siendo testigos de un conjuro mucho más poderoso que también rompe con el estereotipo.

Qué frío hace de golpe:

el clima adivina mis estados de ánimo.
Conservar ciertos vínculos, por ahora,
será guarecerse del invierno.
No somos una pareja:
lo nuestro es soledad compartida.
La primavera debe ser apogeo
de algo que desconozco.

"A la intemperie / 7"


No estoy seguro de si el mecanismo de los poemas propone una tarea de ensamblaje por parte de quienes leemos, o si esa enumeración constante - quizá hasta obsesiva - es el resultado de un muy bien pensado principio de razonamiento: no hay metáfora rupestre, sino ejercicios matemáticos que conducen a una lectura cuya completud cierra de forma cíclica. Hay un orden para esta travesía, y probablemente se base en esa longitud: poemas que muestran sus partes, una corporalidad dividida pero no extraviada de sí.

Creer o reventar

en este mundo de plastilina.
Yo reventé.
La lógica del universo
es bastante simple: lo que se dice
es verdad.
Llegaremos lejos
pero habrá que llegar jugando.

"Otro estado de vigilia / 3"


Con Paula intercambiamos libros en el verano, cuando la causalidad de estar seleccionados en la categoría Literatura de la Residencia ENCIENDE de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires nos reunió, junto a otros 18 escritores con las características de jóvenes. No sé que tipo de criatura humana es un poeta joven. Rita González Hesaynes apunta que no debería llamarse "poeta joven" a los poetas menores de 35 años sino a aquellos que cuenten menos de 15 años EN la poesía. También esto tendríamos que discutirlo: qué es estar EN la poesía ¿15 años publicando? ¿15 años escribiendo? ¿15 años definiéndonos como poetas? Importante. Pero para otro día.
Para este día, que siempre es tarea temporal de lectura existente, toca el preguntarnos si en este mundo de plastilina creemos o reventamos, si eso que se dice, como una suerte de articulación física, nos contiene en la gravedad propia de los objetos a la vez que nos reafirma como seres cuya naturaleza es verdadera en tanto se dice. Todo lo que dice es verdad.
"El amanecer encima del sueño. / Dios nos cría y el grunge nos amontona. / Cierran el bar pero nadie quiere irse: / gruñidos entre las hétero, /las homosexuales se muerden. / No fumes mirando al cielo / que vas a empantanar a las estrellas, / me dice alguno. / Le respondería / pero el cuerpo se cansa de mentir".







Paula Giglio nació en octubre de 1988, en Córdoba Capital. Publicó "Ella, Naturaleza" (Ed. Babel, Córdoba, 2012). Es Licenciada en Filosofía de la Universidad Nacional de Córdoba.



Foto: archivo autora






jueves, 3 de agosto de 2017

Un paisaje fragmentado





Uno de los pocos recuerdos que tengo de la casa de mi abuela paterna tiene que ver con un frasco grande de vidrio, con trozos de pan casero con salvado dentro, en el cual habitaban cientos de pequeños insectos oscuros. En aquellos años me habré acercado muchas veces a ese frasco, en silencio y con cautela (para no causar un accidente dejando caer el frasco y para no perturbar a esos bichos). Habré pensado seguramente que eran algún tipo de mascota secreta y minimalista de mi abuela, del mismo silencioso y pasivo orden que una pecera con carassius auratus. Una o dos veces al día ella sacaba del frasco un puñado de pan con insectos incrustados y se lo comía. Pasaba el tentempié de insectos con un vaso de agua fría. No recuerdo haber tenido alguna impresión súbita similar al asco o el miedo. Por el contrario, imaginaba que en las avejentadas entrañas de mi abuela paterna los bichos seguían vivos, ocupados en quién sabe qué milagrosa tarea, comiendo las células cancerígenas que de todos modos, años después, acabarían por derribarla. "Es un remedio secreto de tu abuela", me decía mi mamá. "Soy nieto de una vieja que come bichos, me van a cargar en la escuela", pensaba yo. No podía - ni podría ahora - dilucidar en qué clase de remedio o cura consistía la ingesta de aquellas criaturas vivas: aún en los eternos e intrincados pasillos de internet la naturaleza terapéutica de los gorgojos carece de explicaciones fundadas con rigurosidad literaria médica.


Me acordé de esto hace poco, cuando leí en un pasaje del libro La Rosa Unitaria, de Diego Font (Gato Gordo Ediciones, 2017), una escena en la cual el personaje principal se adentra en "una casa del tamaño de una casilla, hecha con piedra y con techo de paja (...) Por dentro la casa era mucho más espaciosa, de un sólo ambiente y no había más muebles que una mesa redonda con once frascos de vidrio (...) Los frascos de la mesa estaban empañados, sólo se veían pedazos de pan casero en la base. Agarré uno y le saqué la gomilla y la tela de arpillera que servía para taparlo. Unos bichitos del tamaño de una pulga comían los restos de pan."



La familiaridad que nos despierta un objeto no deviene del objeto en sí - que en el libro de Diego son múltiples elementos que se revelan a la mirada de una chica de quince años que se embarca en la obsesiva e ¿inevitable? tarea de dar por terminada una lectura quizá imposible de un texto también imposible - sino del observador para con el objeto en sí: de la capacidad que tiene el observador para adentrarse en el texto que mira. El texto que tiene ojos para ver.



Este libro de Diego Font (Tucumán, 1991), es también un objeto con temperatura y temperamento propios. No es común que un relato único habite semejante espacio. Comenzamos en un cumpleaños de quince en la República de Santiago, donde se establece el primer encuentro con aquel otro libro - el libro que lleva el título del libro - que será finalmente carne de búsqueda. No es un tesoro por hallar, sino más bien un texto en construcción. ¿Quién sino la misma narradora escribe ese texto único y místico y unitario a través de su camino lleno de camiones y calores y nieves? En un pasaje que me animo a clasificar como demencial nuestra narradora se echa un merecido descanso en el vehículo de una anciana religiosa que reclina los asientos y le introduce un crucifijo en la vagina. "La sangre manchó el cuero de los asientos y los bordes azules de la túnica. No sentí nada. Santa Virgencita de la consolación de Sumampa, llena eres de gracia, la viejita rezaba mientras empujaba la primera cuenta del rosario. Luego, hizo un puñado con lo que quedaba y lo comprimió hasta hacerlo entrar. Besó sus manos que, libres del rosario, abrazaron mis rodillas. Dejó de rezar. Por mis ovarios subían las mostacillas y la cruz de madera. Cerré los ojos."



Entre las narraciones más comunes (diría yo: coloquiales y convencionales, me animo más: ortodoxas) nos tenemos que introducir en una descripción pasiva de un escenario. El desencadenamiento físico de la imagen. La imagen que sirve de mundo corpóreo para ese contar. Nosotros los lectores estamos todo el tiempo interpelados por ese contar en los muchos formatos que tiene la imagen de interponerse en nuestro vivir (y ¿qué es vivir sino habitar la imagen?). Pero afortunadamente, y desde hace un tiempo para acá, asistimos a una especie de descripción igualmente cautelosa en los parámetros de nuestra humanidad, pero más aventurera en la forma de adentrarse en las relaciones tempo-espaciales que el texto nos ofrece. Se trata de un juego mutante y lisérgico. No todo es claro y tendremos que optar por leer activamente, ya no como espectadores cultos y quietos, para lograr no perder el equilibrio en ese contar que se desenvuelve con ritmo propio.



Es rara esa palabra: ritmo. O quizá es frecuentemente extraño cómo se ha caracterizado por designar una cualidad deseable en todo texto. Lo relaciono mucho con aquella otra: equilibrio. En todo caso: algo que no permite extraviarse.



Sin embargo, el texto de La Rosa Unitaria parece planear exactamente lo contrario. Porque no hay un sólo momento de equilibrio mental, emocional o al menos ético: todo se mueve. Como el complejo mecanismo de un reloj, cuya marcha indetenible debe llegar (tarde o temprano) a la última página. Y ocurre algo que, si bien no es novedoso pero sí temerario en retomar una apuesta a partir de la consigna inicial (cuyo proceso de construcción queda evidenciado en las palabras del editor), nos conmueve a modificar nuestro modo de leer y captar la suma de objetos que se nos van presentando. Nuestra lectura (nuestra lectura del libro de Diego) es la presencia activa de aquella otra lectura plasmada en las páginas (la lectura de la narradora en primera persona, que descubre - nunca por azar - fragmentos de un texto que la lleva a quebrar la normalidad para adentrarse en el afuera, donde existe el texto vivo, rostros de ruta, esquimales y cuerpos que se desentierran vivos y claman redención).



Como es de suponer, no existe tal redención, y el relato nos deja ver la irracionalidad como única materia prima en el universo: "me había transformado en una montaña de nieve con cabeza, brazos y piernas. Mis ojos, a través de pedacitos de hielo, podían ver una luz a lo lejos, en medio de un paisaje fragmentado. Pero aún quedaba en mí un poco de sangre caliente que se resistía al congelamiento y circulaba en mi estómago, que era lo único que podía sentir en ese momento (...) Yo era el hambre, un viento nervioso que agitaba el mar de jugos gástricos donde flotaban tres pañuelitos descartables". Al final de esa alimentación autoantropofágica la narradora termina de leer aquel texto que había sido motor de búsqueda, pero aún queda la aparición de más cuerpos, de un último vistazo de ese mundo. "Todavía no logro despertarme", dice el final, como una aclaración o, más bien, como una suerte de sentencia.










Diego Font nació en 1991 en San Miguel de Tucumán. Dicta junto a Julián Miana el taller de escritura literaria "Nuestro iglú en el Ártico". Es editor en Minibus Ediciones. Publicó "Infarto" (Edición de autor, 2016), integra la antología "40º, narrativa contemporánea tucumana" (Blatt & Ríos, 2015). Muchos de sus cuentos y reseñas pueden leerse en publicaciones de Toukouman Literatura, Eterna Cadencia, Trompetas Completas, Larvas Marcianas, Antología desencadenada (publicación ingenios), entre otros.



Diego Font. Foto personal.





jueves, 13 de julio de 2017

Lloverá sobre mi ciudad





Lloverá sobre mi ciudad


y no habrá rincón dónde refugiarse
y los gatos con los pelajes mojados treparán                                       /por nuestros párpados abiertos
y los perros llenos de barro nos llevarán por delante
y nos atropellarán los conductores ciegos
y todo será el fin y todo será el mundo
y te irás de casa sin mirar atrás, en rotundo silencio.

lloverá sobre mi ciudad
y las ventanas estarán salpicadas de sueño
y la noche me encontrará con los huesos rotos.

[es tarde para buscar palabras,
para buscar palabras siempre es tarde]

caminaré por los charcos
haciendo de cada paso un pez muerto
recortando el cielo con la lengua
y atrayendo los relámpagos.
lloverá sobre mi ciudad
y vos estarás saltando en los techos, cual heroína
que escapa al abrigo de la acuosa oscuridad


* * *


Lloverá sobre tu ciudad
y el centro de tu caos será una voz
extinguiéndose.

Recibirás la tormenta
en tu cama
con tu gato acurrucado a los pies de la lluvia.

Yo pasaré por allí
como si se tratase de un sueño.

Todo será una temblorosa palabra
cayéndose de tu lengua.
Y descubrirás muy pocas ganas de hablar
sobre el destino, el karma, la vida, el devenir.
Nada tendrá sentido.

Nada tiene sentido cuando se hace agua
el mundo.

Tu amor será una tormenta fría de metálica voz
que no permitirá ingresar a nadie
a tu laberinto.

Y allí, en el centro, en el ojo de todo
estaré yo
monstruo
insomne
aguardando que dejes de sangrar
y abras la puerta
y pronuncies el conjuro
y abandones al fin
tu pequeño infierno privado.



_________
Mario Flores







Poema publicado en Un silencioso modo de arder (Peces de ciudad, 2017).





viernes, 7 de julio de 2017

Reseña de Araceli Lacore





Un silencioso modo de arder es el último poemario del poeta salteño Mario Flores. Tal vez el más maduro y voraz. Voraz desde ese incendio personal que se come todo, que arrasa desde la luz. Soy todo eso que titila en el fondo de tu ojo, dice Flores en ‘’Catálogo de pesadillas’’. Ese ojo que ve y que ilumina todo lo oculto, ese todo que habita en el otro y como espejo refracta otra luz. 
Después de morir, solo nos queda ser fantasmas dice en ‘’Burbujas’’. Los fantasmas personales rondan por todo el poemario, incendiando e iluminando cada verso. Cada poema tiene un toque lingüístico particular. Flores juega con las palabras sueltas, los silencios y las pausas de un modo audaz, pero claro.
El amor, el duelo, lo oculto, lo que arde en lo profundo, serán los motores en la nave de Flores, que sin duda, despliega toda su poesía en un libro exquisito. Una vez que Un silencioso modo de arder se abre, no puede cerrarse, hasta el final.



Araceli Lacore
Buenos Aires
Julio de 2017







Araceli Lacore nació en Azul, Provincia de Buenos Aires, el 19 de febrero de 1985. Es profesora de inglés, recibida en el Instituto Superior de Formación Docente Nro. 156, Dr. Palmiro Bogliano. En 2010 se trasladó a CABA para estudiar el Traductorado Público de Inglés. Actualmente cursa la Licenciatura en Educación de la UNQUI. Tradujo poemas de Alan Jenkins para la Revista Buenosaires Poetry. Publicó los libros de poemas El Viaje y Congreso 12 AM, ambos editados por Peces de Ciudad. Junto a Belén Villalba lleva adelante el ciclo de poesía y música La Bestia Poética.




jueves, 6 de julio de 2017

Un silencioso modo de arder




Un silencioso modo de arder
de Mario Flores

Editó Peces de ciudad (CABA, 2017)

ISBN 978-987-42-3870-2

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Los poemas que componen este libro fueron escritos entre junio de 2016 y febrero de 2017. La idea surgió a partir de un texto titulado "Génesis" (cuyo último verso da nombre al libro). Trataba del origen y el oficio del caos (mi padre era una tormenta helada / y mi madre un incendio forestal / de ellos aprendí el oficio del caos). Y en todo caos hay fuego: la mano que empuña el arma, el incendio, la molotov, el ser humano mismo que nace a partir de una chispa diminuta. Era la intención crear una secuencia de pequeños registros de ensoñaciones, tratados sobre el cuerpo y su lugar dentro de la tormenta, el ruido y la ciudad. Así como retratar los territorios propios del sueño: donde la verosimilitud se despoja de lógica. Finalmente se agregaron a los veinte poemas originales la serie "Fantasmas", cuatro poemas que tratan sobre la ausencia. Un silencioso modo de arder no es tanto una respuesta pasiva del actuar, sino mi forma de dar rienda suelta a todo lo que es combustible en este mundo, incluidos nosotros mismos.







La edición, al cuidado de Peces de ciudad, resultó también en un nuevo desafío: el confiar en una editorial con diseño gráfico propio de acuerdo a un catálogo en expansión, del que forman parte poetas que yo había (fervientemente) leído y reseñado, como Marinés Scelta y Araceli Lacore.
Se trata, finalmente, de un libro hoguera de 24 textos, con sus vaivenes y reveses. Hay en él poemas más genéricos que otros, algunos más experimentales ("Catálogo de pesadillas", cuyo título encabezaba otro proyecto, ahora en espera), pero todos con un solo aura: el de la irreversible condición de ser parte de la misma voz, en constante construcción. Donde construcción no es antítesis de desvanecimiento, que es aquello a lo que la poesía logra siempre llegar.








Se publicó en junio de 2017.