miércoles, 9 de agosto de 2017

Dios nos cría y el grunge nos amontona





Alguna vez, seguramente hace muchísimos siglos - tiempo cerebral, aclaro - habré creído que leer se trataba de una actividad recreativa. Seguramente alguna vez, hace muchísimos siglos, habré puesto leer en algún casillero que indicaba "pasatiempos". Como si se tratara de eso: un acto cuyo propósito era pasar el rato, matar minutos, entretenimiento trivial, un hobby.
Alguna vez, seguramente hace muchísimos siglos, mi lectura tenía como propósito ese slogan que sigue todavía hoy en boga: escaparse. Se nos enseña, de hecho, que leer es la terapia indicada para 'salirse' del mundo por un rato y "descansar".
Irónica y afortunadamente el leer, para mí, se ha convertido en la forma de venir al mundo (¿venirme en el mundo?), no de escaparme sino de comprometerme. Leer como una configuración del compromiso. Leer con algo más que el simple y banal propósito de echar mano a un mecanismo de defensa contra el tedio. Leer con todos los sentidos. Leer despierto. Me digo a mí mismo: voy a leer. Voy a realizar una tarea importante. Voy a hacer algo sustancial, ritual.

Esa toma de decisión tiene mucho que ver en el texto que finalmente se lee: si me comprometo conmigo mismo y con lo que leo, es más que probable que sea capaz de entender y aprehender lo que estoy leyendo. Serán muchas más las cuestiones y los interrogantes que ese texto me obsequie. Serán mucho menos los minutos y las horas que ese texto me quite si resulta que no me genera nada nuevo, a tiempo para arrojarlo lejos. Esa capacidad de discriminación facilita mucho nuestra vida de lectores. ¿Para qué leer aquello que finalmente no te genera nuevas preguntas? ¿Para qué poner cuerpo, mente, tiempo y alma introduciéndose en un libro que termina siendo un simple compilado de hojas que no nos conduce a ninguna nueva pregunta? Los así llamados lectores por placer aseguran que sólo les basta que la novela sea atrapante y los poemas lindos, que lo que importa es pasarla bien. Por mi parte discrepo y considero prestar atención al modo en que las palabras nos condicionan, y que lo recreativo sea más que un acto de diversión estática. Que leer sea un verdadero acto de re crear, de otra vez configurar el mundo.

En Bonsái, la genial novela de Alejandro Zambra, el personaje llamado Emilia dice que En busca del tiempo perdido, de Proust, fue el libro más importante en su vida como lectora. Usa esas palabras: vida como lectora.

Todos tendremos una vida profesional, una vida amorosa, una vida familiar. Una vida lectora. De lectores. Y merecerá el mismo cuidado que las demás vidas y que todas las vidas que decidamos tener, que será a la vez una y todas. El mismo cuidado que se le brinda a la salud. ¿Seremos lectores saludables? ¿Estaremos siendo lectores chatarra? ¿O lectores puristas? ¿Lectores veganos?

Nunca leí algo que no quise, y trato de darle a cada lectura la misma importancia que merece un acto, como dije antes, sustancial, ritual. Hace unos meses estuve a 11 mil metros de altura, volando de regreso a casa. Leyendo. En ese momento, quizá por cuestiones inasibles que conciernen a la fenomenología de la nostalgia, me sentí auscultado por un lenguaje misterioso y brutal cuando leí: "Si me lo propongo, / este espacio puede ser mi hogar".

En el cuerpo, de Paula Giglio (Ediciones del Dock, 2016), es en efecto un libro importante en mi vida como lector. Con la exacerbación emocional suficiente y típica que requiere semejante aseveración para el libro de una contemporánea. Porque, en realidad, esos son los libros que más me conmueven: los de mis contemporáneos de carne y hueso. Esos que desde lo pequeño y, a veces, lo secreto, vienen al mundo y lo habitan. Lo hablan. Le ponen palabras a tanto delirio.

En la contratapa del libro, Laura Wittner apunta un dato tan importante como curioso: "Paula parece una mujer delicada, y lo es; pero en su búsqueda no le teme a nada y su poesía florece en la ocasional incursión en la brutalidad". Palabra clave, creo, para lograr entender de qué estamos hablando: no de la voluptuosidad de aparente peso presumido por el poema, sino de la natural contundencia con que éste se dice. Nos dice, ya que estamos hablando de algo cuya constitución está siendo parte de nuestra forma de ahondar en el lenguaje. Y no se trata de un lenguaje enrevesado ni tampoco de un malabarismo convencional de las elocuencias pretenciosas ya conocidas. No. Se trata de un texto hecho de conciente monstruosidad. Nada está dejado al azar.

"Una palabra más / y se rompe el equilibrio", comienza diciendo en Principio antrópico, un poema breve casi a modo de hit. No olvidemos que estamos leyendo un conjunto de elementos naturales que levan a partir de un cuidado razonamiento del universo habitado. Estamos desmenuzando ese universo.

En el principio era el caos:

platos de ayer en la mesa, 
migas sobre el mantel.
Una cuchara revolvía
dentro de la taza universal
y el espíritu vagaba
sobre la faz del café.
Todas las cosas estaban mezcladas:
ceniza, vapor,
labial en el vidrio, ojeras,
pulseras, uñas con brillo.
Háganse los ojos,
y el espíritu parpadeó.
Estiró el brazo
para alcanzar el fuego.
El olor a tabaco inundó la cocina.

"Tabaco para armar / 1"


Estoy seguro de que en cierta página llegará el momento de confundirse y leer mal. Estaremos creyendo leer el poema de una chica joven, con un gato en brazos, observando la lluvia, que revela amores de silenciosa frustración, evaporándose en cigarrillos inconclusos. Una postal revisitada, como si estuviéramos viendo una película indie británica del 2010. Sin embargo, estamos frente a algo más complejo, a pesar de su aparente ingenuidad estamos siendo testigos de un conjuro mucho más poderoso que también rompe con el estereotipo.

Qué frío hace de golpe:

el clima adivina mis estados de ánimo.
Conservar ciertos vínculos, por ahora,
será guarecerse del invierno.
No somos una pareja:
lo nuestro es soledad compartida.
La primavera debe ser apogeo
de algo que desconozco.

"A la intemperie / 7"


No estoy seguro de si el mecanismo de los poemas propone una tarea de ensamblaje por parte de quienes leemos, o si esa enumeración constante - quizá hasta obsesiva - es el resultado de un muy bien pensado principio de razonamiento: no hay metáfora rupestre, sino ejercicios matemáticos que conducen a una lectura cuya completud cierra de forma cíclica. Hay un orden para esta travesía, y probablemente se base en esa longitud: poemas que muestran sus partes, una corporalidad dividida pero no extraviada de sí.

Creer o reventar

en este mundo de plastilina.
Yo reventé.
La lógica del universo
es bastante simple: lo que se dice
es verdad.
Llegaremos lejos
pero habrá que llegar jugando.

"Otro estado de vigilia / 3"


Con Paula intercambiamos libros en el verano, cuando la causalidad de estar seleccionados en la categoría Literatura de la Residencia ENCIENDE de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires nos reunió, junto a otros 18 escritores con las características de jóvenes. No sé que tipo de criatura humana es un poeta joven. Rita González Hesaynes apunta que no debería llamarse "poeta joven" a los poetas menores de 35 años sino a aquellos que cuenten menos de 15 años EN la poesía. También esto tendríamos que discutirlo: qué es estar EN la poesía ¿15 años publicando? ¿15 años escribiendo? ¿15 años definiéndonos como poetas? Importante. Pero para otro día.
Para este día, que siempre es tarea temporal de lectura existente, toca el preguntarnos si en este mundo de plastilina creemos o reventamos, si eso que se dice, como una suerte de articulación física, nos contiene en la gravedad propia de los objetos a la vez que nos reafirma como seres cuya naturaleza es verdadera en tanto se dice. Todo lo que dice es verdad.
"El amanecer encima del sueño. / Dios nos cría y el grunge nos amontona. / Cierran el bar pero nadie quiere irse: / gruñidos entre las hétero, /las homosexuales se muerden. / No fumes mirando al cielo / que vas a empantanar a las estrellas, / me dice alguno. / Le respondería / pero el cuerpo se cansa de mentir".







Paula Giglio nació en octubre de 1988, en Córdoba Capital. Publicó "Ella, Naturaleza" (Ed. Babel, Córdoba, 2012). Es Licenciada en Filosofía de la Universidad Nacional de Córdoba.



Foto: archivo autora






jueves, 3 de agosto de 2017

Un paisaje fragmentado





Uno de los pocos recuerdos que tengo de la casa de mi abuela paterna tiene que ver con un frasco grande de vidrio, con trozos de pan casero con salvado dentro, en el cual habitaban cientos de pequeños insectos oscuros. En aquellos años me habré acercado muchas veces a ese frasco, en silencio y con cautela (para no causar un accidente dejando caer el frasco y para no perturbar a esos bichos). Habré pensado seguramente que eran algún tipo de mascota secreta y minimalista de mi abuela, del mismo silencioso y pasivo orden que una pecera con carassius auratus. Una o dos veces al día ella sacaba del frasco un puñado de pan con insectos incrustados y se lo comía. Pasaba el tentempié de insectos con un vaso de agua fría. No recuerdo haber tenido alguna impresión súbita similar al asco o el miedo. Por el contrario, imaginaba que en las avejentadas entrañas de mi abuela paterna los bichos seguían vivos, ocupados en quién sabe qué milagrosa tarea, comiendo las células cancerígenas que de todos modos, años después, acabarían por derribarla. "Es un remedio secreto de tu abuela", me decía mi mamá. "Soy nieto de una vieja que come bichos, me van a cargar en la escuela", pensaba yo. No podía - ni podría ahora - dilucidar en qué clase de remedio o cura consistía la ingesta de aquellas criaturas vivas: aún en los eternos e intrincados pasillos de internet la naturaleza terapéutica de los gorgojos carece de explicaciones fundadas con rigurosidad literaria médica.


Me acordé de esto hace poco, cuando leí en un pasaje del libro La Rosa Unitaria, de Diego Font (Gato Gordo Ediciones, 2017), una escena en la cual el personaje principal se adentra en "una casa del tamaño de una casilla, hecha con piedra y con techo de paja (...) Por dentro la casa era mucho más espaciosa, de un sólo ambiente y no había más muebles que una mesa redonda con once frascos de vidrio (...) Los frascos de la mesa estaban empañados, sólo se veían pedazos de pan casero en la base. Agarré uno y le saqué la gomilla y la tela de arpillera que servía para taparlo. Unos bichitos del tamaño de una pulga comían los restos de pan."



La familiaridad que nos despierta un objeto no deviene del objeto en sí - que en el libro de Diego son múltiples elementos que se revelan a la mirada de una chica de quince años que se embarca en la obsesiva e ¿inevitable? tarea de dar por terminada una lectura quizá imposible de un texto también imposible - sino del observador para con el objeto en sí: de la capacidad que tiene el observador para adentrarse en el texto que mira. El texto que tiene ojos para ver.



Este libro de Diego Font (Tucumán, 1991), es también un objeto con temperatura y temperamento propios. No es común que un relato único habite semejante espacio. Comenzamos en un cumpleaños de quince en la República de Santiago, donde se establece el primer encuentro con aquel otro libro - el libro que lleva el título del libro - que será finalmente carne de búsqueda. No es un tesoro por hallar, sino más bien un texto en construcción. ¿Quién sino la misma narradora escribe ese texto único y místico y unitario a través de su camino lleno de camiones y calores y nieves? En un pasaje que me animo a clasificar como demencial nuestra narradora se echa un merecido descanso en el vehículo de una anciana religiosa que reclina los asientos y le introduce un crucifijo en la vagina. "La sangre manchó el cuero de los asientos y los bordes azules de la túnica. No sentí nada. Santa Virgencita de la consolación de Sumampa, llena eres de gracia, la viejita rezaba mientras empujaba la primera cuenta del rosario. Luego, hizo un puñado con lo que quedaba y lo comprimió hasta hacerlo entrar. Besó sus manos que, libres del rosario, abrazaron mis rodillas. Dejó de rezar. Por mis ovarios subían las mostacillas y la cruz de madera. Cerré los ojos."



Entre las narraciones más comunes (diría yo: coloquiales y convencionales, me animo más: ortodoxas) nos tenemos que introducir en una descripción pasiva de un escenario. El desencadenamiento físico de la imagen. La imagen que sirve de mundo corpóreo para ese contar. Nosotros los lectores estamos todo el tiempo interpelados por ese contar en los muchos formatos que tiene la imagen de interponerse en nuestro vivir (y ¿qué es vivir sino habitar la imagen?). Pero afortunadamente, y desde hace un tiempo para acá, asistimos a una especie de descripción igualmente cautelosa en los parámetros de nuestra humanidad, pero más aventurera en la forma de adentrarse en las relaciones tempo-espaciales que el texto nos ofrece. Se trata de un juego mutante y lisérgico. No todo es claro y tendremos que optar por leer activamente, ya no como espectadores cultos y quietos, para lograr no perder el equilibrio en ese contar que se desenvuelve con ritmo propio.



Es rara esa palabra: ritmo. O quizá es frecuentemente extraño cómo se ha caracterizado por designar una cualidad deseable en todo texto. Lo relaciono mucho con aquella otra: equilibrio. En todo caso: algo que no permite extraviarse.



Sin embargo, el texto de La Rosa Unitaria parece planear exactamente lo contrario. Porque no hay un sólo momento de equilibrio mental, emocional o al menos ético: todo se mueve. Como el complejo mecanismo de un reloj, cuya marcha indetenible debe llegar (tarde o temprano) a la última página. Y ocurre algo que, si bien no es novedoso pero sí temerario en retomar una apuesta a partir de la consigna inicial (cuyo proceso de construcción queda evidenciado en las palabras del editor), nos conmueve a modificar nuestro modo de leer y captar la suma de objetos que se nos van presentando. Nuestra lectura (nuestra lectura del libro de Diego) es la presencia activa de aquella otra lectura plasmada en las páginas (la lectura de la narradora en primera persona, que descubre - nunca por azar - fragmentos de un texto que la lleva a quebrar la normalidad para adentrarse en el afuera, donde existe el texto vivo, rostros de ruta, esquimales y cuerpos que se desentierran vivos y claman redención).



Como es de suponer, no existe tal redención, y el relato nos deja ver la irracionalidad como única materia prima en el universo: "me había transformado en una montaña de nieve con cabeza, brazos y piernas. Mis ojos, a través de pedacitos de hielo, podían ver una luz a lo lejos, en medio de un paisaje fragmentado. Pero aún quedaba en mí un poco de sangre caliente que se resistía al congelamiento y circulaba en mi estómago, que era lo único que podía sentir en ese momento (...) Yo era el hambre, un viento nervioso que agitaba el mar de jugos gástricos donde flotaban tres pañuelitos descartables". Al final de esa alimentación autoantropofágica la narradora termina de leer aquel texto que había sido motor de búsqueda, pero aún queda la aparición de más cuerpos, de un último vistazo de ese mundo. "Todavía no logro despertarme", dice el final, como una aclaración o, más bien, como una suerte de sentencia.










Diego Font nació en 1991 en San Miguel de Tucumán. Dicta junto a Julián Miana el taller de escritura literaria "Nuestro iglú en el Ártico". Es editor en Minibus Ediciones. Publicó "Infarto" (Edición de autor, 2016), integra la antología "40º, narrativa contemporánea tucumana" (Blatt & Ríos, 2015). Muchos de sus cuentos y reseñas pueden leerse en publicaciones de Toukouman Literatura, Eterna Cadencia, Trompetas Completas, Larvas Marcianas, Antología desencadenada (publicación ingenios), entre otros.



Diego Font. Foto personal.





jueves, 13 de julio de 2017

Lloverá sobre mi ciudad





Lloverá sobre mi ciudad


y no habrá rincón dónde refugiarse
y los gatos con los pelajes mojados treparán                                       /por nuestros párpados abiertos
y los perros llenos de barro nos llevarán por delante
y nos atropellarán los conductores ciegos
y todo será el fin y todo será el mundo
y te irás de casa sin mirar atrás, en rotundo silencio.

lloverá sobre mi ciudad
y las ventanas estarán salpicadas de sueño
y la noche me encontrará con los huesos rotos.

[es tarde para buscar palabras,
para buscar palabras siempre es tarde]

caminaré por los charcos
haciendo de cada paso un pez muerto
recortando el cielo con la lengua
y atrayendo los relámpagos.
lloverá sobre mi ciudad
y vos estarás saltando en los techos, cual heroína
que escapa al abrigo de la acuosa oscuridad


* * *


Lloverá sobre tu ciudad
y el centro de tu caos será una voz
extinguiéndose.

Recibirás la tormenta
en tu cama
con tu gato acurrucado a los pies de la lluvia.

Yo pasaré por allí
como si se tratase de un sueño.

Todo será una temblorosa palabra
cayéndose de tu lengua.
Y descubrirás muy pocas ganas de hablar
sobre el destino, el karma, la vida, el devenir.
Nada tendrá sentido.

Nada tiene sentido cuando se hace agua
el mundo.

Tu amor será una tormenta fría de metálica voz
que no permitirá ingresar a nadie
a tu laberinto.

Y allí, en el centro, en el ojo de todo
estaré yo
monstruo
insomne
aguardando que dejes de sangrar
y abras la puerta
y pronuncies el conjuro
y abandones al fin
tu pequeño infierno privado.



_________
Mario Flores







Poema publicado en Un silencioso modo de arder (Peces de ciudad, 2017).





viernes, 7 de julio de 2017

Reseña de Araceli Lacore





Un silencioso modo de arder es el último poemario del poeta salteño Mario Flores. Tal vez el más maduro y voraz. Voraz desde ese incendio personal que se come todo, que arrasa desde la luz. Soy todo eso que titila en el fondo de tu ojo, dice Flores en ‘’Catálogo de pesadillas’’. Ese ojo que ve y que ilumina todo lo oculto, ese todo que habita en el otro y como espejo refracta otra luz. 
Después de morir, solo nos queda ser fantasmas dice en ‘’Burbujas’’. Los fantasmas personales rondan por todo el poemario, incendiando e iluminando cada verso. Cada poema tiene un toque lingüístico particular. Flores juega con las palabras sueltas, los silencios y las pausas de un modo audaz, pero claro.
El amor, el duelo, lo oculto, lo que arde en lo profundo, serán los motores en la nave de Flores, que sin duda, despliega toda su poesía en un libro exquisito. Una vez que Un silencioso modo de arder se abre, no puede cerrarse, hasta el final.



Araceli Lacore
Buenos Aires
Julio de 2017







Araceli Lacore nació en Azul, Provincia de Buenos Aires, el 19 de febrero de 1985. Es profesora de inglés, recibida en el Instituto Superior de Formación Docente Nro. 156, Dr. Palmiro Bogliano. En 2010 se trasladó a CABA para estudiar el Traductorado Público de Inglés. Actualmente cursa la Licenciatura en Educación de la UNQUI. Tradujo poemas de Alan Jenkins para la Revista Buenosaires Poetry. Publicó los libros de poemas El Viaje y Congreso 12 AM, ambos editados por Peces de Ciudad. Junto a Belén Villalba lleva adelante el ciclo de poesía y música La Bestia Poética.




jueves, 6 de julio de 2017

Un silencioso modo de arder




Un silencioso modo de arder
de Mario Flores

Editó Peces de ciudad (CABA, 2017)

ISBN 978-987-42-3870-2

Comprar libro 








Los poemas que componen este libro fueron escritos entre junio de 2016 y febrero de 2017. La idea surgió a partir de un texto titulado "Génesis" (cuyo último verso da nombre al libro). Trataba del origen y el oficio del caos (mi padre era una tormenta helada / y mi madre un incendio forestal / de ellos aprendí el oficio del caos). Y en todo caos hay fuego: la mano que empuña el arma, el incendio, la molotov, el ser humano mismo que nace a partir de una chispa diminuta. Era la intención crear una secuencia de pequeños registros de ensoñaciones, tratados sobre el cuerpo y su lugar dentro de la tormenta, el ruido y la ciudad. Así como retratar los territorios propios del sueño: donde la verosimilitud se despoja de lógica. Finalmente se agregaron a los veinte poemas originales la serie "Fantasmas", cuatro poemas que tratan sobre la ausencia. Un silencioso modo de arder no es tanto una respuesta pasiva del actuar, sino mi forma de dar rienda suelta a todo lo que es combustible en este mundo, incluidos nosotros mismos.







La edición, al cuidado de Peces de ciudad, resultó también en un nuevo desafío: el confiar en una editorial con diseño gráfico propio de acuerdo a un catálogo en expansión, del que forman parte poetas que yo había (fervientemente) leído y reseñado, como Marinés Scelta y Araceli Lacore.
Se trata, finalmente, de un libro hoguera de 24 textos, con sus vaivenes y reveses. Hay en él poemas más genéricos que otros, algunos más experimentales ("Catálogo de pesadillas", cuyo título encabezaba otro proyecto, ahora en espera), pero todos con un solo aura: el de la irreversible condición de ser parte de la misma voz, en constante construcción. Donde construcción no es antítesis de desvanecimiento, que es aquello a lo que la poesía logra siempre llegar.








Se publicó en junio de 2017.




viernes, 23 de junio de 2017

Ikebana





el arte de ocultar las respuestas
que late en la punta de la lengua
que late en el extremo de tu sexo
que late en la cavidad de mis manos
que buscan tu forma oscura
que desconocen la caricia correcta
que duerme dentro de tu boca
que muerde el cuerpo de mi sueño
que se extiende como humo en el campo
que arde a través de la tarde
que ya termina, que ya llega a su fin








Poema publicado originalmente en Poesía para pasajeros urbanos con auriculares (Cuaderno De Elefanes, 2016).


martes, 13 de junio de 2017

Cuando llegue el fin de los tiempos




Cuando llegue el fin de los tiempos,
de Mario Flores
Editó Almadegoma Ediciones, 2017. Edición artesanal.

Se presentó el viernes 9 de junio de 2017 en la Sala de Autores Salteños de la Biblioteca Provincial de Salta (Av. Belgrano 1002).

Notas sobre el libro:

Flor Arias, "Apología de la catástrofe", para Buufo.com.

Daniel Medina, "Notas sobre poesía postapocalíptica", para La Gaceta Salta (texto leído durante la presentación).




Foto: Flor Arias




Cuando llegue el fin de los tiempos

Cuando llegue el fin de los tiempos
estaré ebrio
de estrellas.

Me sentaré en la esquina de siempre
y te enviaré la ultima señal de humo.
Daré play a la ultima canción
y murmuraré lo que dice en secreto.
Miraré caer el ultimo pajaro electrico
y oiré como desciende la ultima persiana del ultimo kiosco
en los confines del barrio
te pensaré por ultima vez
mientras contemplo el ultimo atardecer
del ultimo día.

Se me ocurrirá quizás,
una idea genial que salve mi futuro
y será ya inútil

El cielo tendrá el ultimo color
y todas las cosas dolerán más
y solamente entonces,
cuando el ultimo rostro de mi ultimo cuerpo
empiece a desvanecerse,
dejaré que te diluyas
en el resto del océano
abandonado de una vez por todas
mi desastroso universo.



Daniel medina / Mario Flores


Flyer promocional





Los poemas que están en este libro fueron escritos entre diciembre de 2016 y marzo de 2017, aunque la idea base y el título surgieron mucho antes.
Había estado viendo una película de Lars Von Trier llamada Melancholia, en la cual el planeta Tierra se encuentra en el curso de colisión de un cuerpo celeste ajeno en constante trayectoria, que finalmente colapsan, dando fin a la existencia de nuestro planeta. En este film la colisión final (que coincide con el final de la película) es una construcción visual de indudable belleza, y se me ocurrió escribir un conjunto de poemas que anunciaran cierto advenimiento apocalíptico, aunque eso no impidiera su belleza escritural (no en vano, la mayoría de estos poemas advierten una visión del amor y la distancia mucho más pronunciada que en mis libros anteriores).
Algo que también hace a este libro un cambio (¿evolución?) en mi modo de escribir y publicar, es que es el primer volumen de poemas que no edito por mí mismo. Mis cinco trabajos anteriores (Escala de Richter para la melancolía, Nosotros niños mutantes, Manual de origami, Introspectiva y Poesía para pasajeros urbanos con auriculares) fueron publicados a través del sello Cuaderno De Elefantes, en un formato artesanal de autopublicación. Esta modalidad de autopublicación sugiere un gran poder y control: es uno mismo quien dispone del contenido, el tratamiento del texto además de la manipulación de materiales y herramientas para la confección del libro final. Contar con la idea base de este libro de poemas también trajo la intención de dejar esa tarea en manos ajenas, que entablaran un acompañamiento en la instancia de corrección y publicación. Allí aparece Pablo Espinoza, poeta y artista visual (responsable del diseño y la gráfica del libro) además de editor de Almadegoma. No solamente recibí la cordial invitación de formar parte del catálogo de Almadegoma (como se dan las cosas normalmente, por mensaje y con el mejor y más desinteresado de los espíritus) sino que también este conjunto de textos que ya estaba en construcción cuadraban perfectamente para con el formato que dicha editorial maneja.
Primero salieron los poemas principales del libro, que tratan sobre la forma evanescente de las ciudades y sus habitantes, y sobre la distancia como una criatura viva ("Cuando llegue el fin de los tiempos", "Ciudad fantasma", "Habita"), y luego se añadieron algunos poemas antológicos que estaban huérfanos por ahí ("Diluvios", "Breves resplandores" y "Borrosos pueblos") que aparecen en un apartado al final del libro.

"Borrosos pueblos" también fue finalmente publicado en la Colección Lugares de la serie de plaquetas editadas por el taller de edición Perronautas, dirigido por Alejandro Reynoso en Capital Federal.








Cuando llegue el fin de los tiempos no es un manual de salvación, ni tampoco un libro de advertencias sobre redención antes del juicio final. Es, más bien, un conjunto de imágenes vivas, que hablan sobre esos últimos segundos de luz antes del cierre. Sobre lo que elijo decir antes de ese cierre. Y sobre lo que sobrevive.

Se publicó en mayo de 2017.

Para ver la presentación del libro:









miércoles, 31 de mayo de 2017

El amor en tiempos de colisiones interplanetarias






El amor en tiempos de colisiones interplanetarias




1

La primera noche que pasan juntos el sexo es confuso, aunque eso no signifique que sea del todo malo. No llegan a entender los límites de la piel propia y la piel ajena. El cuarto del telo es oscuro y la pantalla del televisor es como un zumbido de insecto luminoso que tiembla entre sus cuerpos mareados.

Habían ido antes a un pool, donde tomaron Budweiser mientras intercambiaban imágenes guardadas en las galerías de sus celulares. Dibujos psicodélicos, arquitecturas absurdas, alguna que otra cosa gore, collages del espacio sideral.

En un momento ella quiso jugar y él le confesó que no sabía ni siquiera cuántas bolas tenía el juego.

Se rieron mucho a lo largo de la noche. Ella jugó una partida con unos borrachos amables que eran conocidos del bar, y él observó en silencio su modo de perder estrepitosamente.

A eso de las una de la mañana fueron caminando hacia el primer letrero luminoso que alcanzaron a ver. Una luz roja titilante, como el latido de un animal.




2

En el verano y en el deseo los cuerpos tienden a caer ante la gravedad. Se amaron – si es que eso era posible – durante una hora o dos. Y luego permanecieron abrazados. 

El televisor permaneció encendido toda la madrugada, mostrando cómo Gregory House resolvía las tramas en una maratón de trasnoche en Universal Channel.

Antes de entregarse al sueño programaron sus alarmas, cada uno por su lado, como un gesto de tonta responsabilidad, para no quedarse dormidos después de hora. Cerraron los ojos, y no dijeron más.

En medio de la noche ella se desprendió del abrazo y durmió boca abajo, cerca de la orilla de la cama, acaso más cómoda.

Él no intentó acercarse de nuevo, y buscó la forma de dormir así: lejos del mundo.




3

Cuando se hizo de día ella tomó un taxi y él un colectivo. No se despidieron con besos ni con ninguna otra cosa que pudiera ser una respuesta.

Una vez en su casa, ella ingresó a su cuarto y volvió a dormir, aprovechando que ese día era domingo, o sintiendo como si lo fuera.

Por su lado, él pasó el día y la noche cambiando incansablemente canales de televisión. Cualquier artificio era bueno para no pensar en que debía haberle dicho algo más antes de despedirse. Algo que sonara verdadero, aunque no lo fuera.




4

Una semana después vuelven a dormir juntos.

Él la invita a su casa, a pesar de que cualquier sonido que se produzca en la habitación puede ser oído por sus padres.

Ya en la cama, aunque aún vestidos, ven una película de Lars Von Trier, donde la Tierra es absorbida por un gigantesco cuerpo celeste. Al terminar el film hacen el amor dos veces.

Ella pasa la noche allí, y por primera vez ambos sienten que, aunque sea en silencio y sin certezas, están construyendo algo. 




5

Una semana después dejan de escribirse mensajes de texto. 

Las películas se postergan y los encuentros se convierten en noches de escabio invariable. No saben lo que sucede, a pesar de jurarse el uno a la otra que la pasan bien juntos.

El sexo, que siempre ha sido confuso, pasa a ser caótico: sus cuerpos se desentienden y no existe forma de llegar al final de ninguna caricia. 

Ella se ausenta y deja de responder. Si se presenta una invitación, cualquier excusa tiene suficiente peso y lógica como para sonar creíble.

Él se retrae y empieza a imitar esa distancia: deja de buscar coincidir en el tiempo y el espacio. Los horarios y las veredas dejan de ser escenarios para transformarse en pasajes obligatorios de una historia que no sucede.

Al cabo de dos semanas no son ni siquiera amigos.

Quizás nunca lo fueron.




6

Una noche de decepcionante – aunque vasta – masturbación, él sueña con ella y todo en esta historia adquiere un poco de sentido.

Sueña con sus tatuajes de Alicia y el Conejo. Uno en cada tobillo. Los dibujos se mueven, mutan, forman otras figuras que van devorando sus piernas. Y avanzan, y ascienden. 

Hasta quedar toda ella tatuada, con vegetales tintas que colorean su carne.

Despierta y no sabe si levantarse e ir a buscar un vaso de agua o masturbarse de nuevo. Decide hacer ambas cosas, aunque medita en qué orden.

Al final, al cabo de unos minutos de pensar tanto en su sueño – y en ella – se queda nuevamente dormido.

Y el resto de la noche transcurre sin sobresaltos. Lo cual es mejor, o tal vez peor. O ambas cosas, o ninguna.




7

Durante los meses siguientes no se cruzan ni de casualidad. 

La ciudad no es muy grande; de hecho, apenas tiene setenta mil habitantes.

De pie bajo un pequeño techo que lo protege de la lluvia, esperando el colectivo, él trata de imaginar de forma física a setenta mil personas. Quiere imaginarlo y decirse a sí mismo: no es mucha gente, tendríamos que cruzarnos.

Pero la imaginación no es suficiente, y un perro callejero se acerca y se sacude la tormenta de encima cerca de sus pies.

El amor en tiempos de Facebook, o del fin del mundo, es eso: lluvia impredecible.




8

Una noche, en casa de un amigo y fumando marihuana, él llega a la conclusión de que sólo existen dos razones por las cuales no ha vuelto a verla.

a) ha muerto

b) se ha mudado a Groenlandia, y se ha convertido en la esposa de un barbado leñador de los fríos bosques de la isla, con quien mantiene apasionadas sesiones de sexo en dos idiomas al calor de una chimenea

No desea pensar en la tercera opción, acaso no menos fatalista pero sí la única acorde a las formas de la realidad: ella no desea verlo, y sabe el modo exacto de confundir su rostro entre otros sesenta y nueve mil novecientos noventa y nueve rostros que transitan por la ciudad.

Para cuando esto ocurre, el verano se ha extinguido y los transeúntes caminan enredados en bufandas. Sigue lloviendo, a veces, y todo vuelve a la normalidad.




9

Y como todo regresa a la normalidad, él también se convierte en otro rostro que cruza las avenidas envuelto en largas bufandas. 

Se acuerda, de vez cuando, de ese sueño lisérgico y seminal, de los tatuajes que crecen por sí mismos y que se alimentan de la piel. Y recuerda el planeta que habita, que se deja colisionar por la distancia.








Mario Flores


Henn Kim