martes, 3 de julio de 2018

La poesía lo barre todo




¿Cuántos libros de poesía en el mundo tienen epígrafes de Alejandra Pizarnik? Independientemente de la lengua, la estilística, las fuerzas ideológicas o la ausencia de fuerzas ideológicas, el año, el siglo, el planeta habitable donde se encuentre el lector, abre el libro y dice: "otro epígrafe de Alejandra Pizarnik". Después viene la sorpresa: la intertextualidad rebasa los significantes que se plasman en el papel. Porque el epígrafe no es sólo el acercamiento de referencia a otra literatura, sino que se vuelve parte y textura del contenido. Una advertencia, quizás.

El poeta sueco Magnus William-Olson afirma, sobre la poesía de Pizarnik pero también sobre la poesía toda: “la obra sólo se puede entender en su obrar, es algo que constantemente está en devenir”. Y por eso es indivisible el escribir con el vivir: configuraciones de la misma travesía.

En Quemar el fuego, de Vanesa Almada Noguerón (La Plata, 1980) el epígrafe dice: "escribes poemas / porque necesitas / un lugar / en donde sea lo que no es". La cita, tan bien escogida que adopta dimensión de profecía, abre un complejo abanico de posibilidades. Los poemas - los caminos posibles - no dejan de arrojar interrogantes, nada es del todo cierto y el riesgo es alto. Vanesa no comete el error de poemar desde una alta torre atiborrada de certezas ornamentadas líricamente: se dedica a cazar incertidumbres y traducirlas con palabras sueltas, decididas, casi tomadas desde el antes. Las preguntas que construyen los poemas son existenciales, metafísicas, naturistas, algunas rutinarias a propósito y, sobre todo, espaciales:

adónde van los libros prestados  
(a veces leídos / siempre perdidos / nunca devueltos) 
adónde sus notas al margen 
sus índices manoseados 
sus verdaderos padres  

adónde duermen los peces cuando no están despiertos  
cuando no ahogan sus cuerpos en ollas hirviendo 
adónde van sus lágrimas 

sus otras aguas

El libro se divide en dos partes: Piedras y Metales. Elementos dotados de cierta fuerza natural que sostiene cualquier cuestionamiento. Del otro lado, la voz. Las imágenes ensambladas no pertenecen tanto al reino de la metáfora (figuras flotantes a base de preceptos conjugados visualmente) sino más bien al terreno del apotegma (breves propugnaciones de orden místico y mundano a la vez). Esas imágenes son las que van hilvanando un dejo de respuesta. No existen frases sorteadas al azar: cualquier verso bien puede ser un órgano desdoblándose para llegar a la siguiente hondonada: "si fuéramos cajones huecos / nos rellenaríamos los cuerpos / con vueltos de caramelos, / nos quitaríamos las biografías de encima...".

En "Los amantes", un poema de la primera parte que recuerda a la ácida sutileza descriptiva de los poemas de Houellebecq sobre un escenario muy familiar, Vanesa elige la palabra para narrar la volatilidad absoluta del tiempo, una fotografía instantánea, un recuerdo evanescente. Sin embargo, si hay algo que sobrevive, también será capturado: "Muy en el fondo, nos entristece un poco saber que ninguna se va a tomar la molestia de presentarse, que nos conocemos de sobra. Todas ellas y todas nosotras. Y ahora me dicen que tal vez se queden. Algún tiempo. Otro tiempo.".

Un apartado para "Simon says", quizá el poema más desafiante del libro, no solamente por su montaje (los versos aparecen como formas de humo, en dimensiones inexactas pero ciertas, como una bocanada salida de la boca de quien habla) sino también por aquella enumeración caótica que reproduce un espacio vivo al cual ingresar refleja la ausencia de normalidad, pero donde siempre subsiste un sentido en el fondo de las cosas. Cosa que se pronuncia, cosa que existe. El poema dice:

soy 

el elefante hindú de la fortuna 
una metáfora en una lata de sardinas 
en espiral 
en cuclillas 
en lluvia de palo de agua 


soy purpurina 

juego de mesa 
volante 


soy la cereza invicta sobre el pastel de guindas 

una astilla aturdida 

un amuleto 
un mosaico 

soy guardarropa de carnavales 

fruta empotrada 
papel picado 
soy la pared más en blanco más a mano de Miró 


soy dragón de utilería 

una llama 

un fragmento

(sería inútil intentar hacerle juicio al poema sin la ayuda de esa estructura serpenteante y ambivalente que Vanesa eligió para armar los versos, pero con los incisos tenemos material de sobra). También allí está la otra cara del poema: no existe captura de pantalla posible, ni memoria adiestrada, ni pozo de ideas recicladas: todo es nuevo, se está inaugurando. El soy puede ser un conjuro, un maleficio, una herramienta de expresión creativa, un separador. Quemar el fuego, que parecía el clásico truco de la imagen dada vuelta, de la página al revés, de la paradoja encantadoramente ingenua, ahora pasa a ser un registro de lo vívido, una evidencia. El libro está lleno de pasajes complejos, que hacen de la lectura una tarea de concentración: abarcar el universo imaginado y el exterior real (el afuera de la realidad) es un trabajo de buen observador. Aquellos pasajes complejos también pueden volverse tortuosos: en la portada se puede ver una máquina de escribir escupiendo llamas, mutada a caldera. Ahí está la doble función: la escritura como proceso ardiente, un ejercicio de la palabra viva / una fuerza incontenible que destruye a la vez que crea.


Para que vos me leas

yo escribo para que vos me leas, 
para que explote el fuego  
sobre las venas de todos tus nombres; 
escribo para que pese un poco más 
el aire que nos vuela las páginas todavía en blanco, 
perfecta revelación de nuestro pacto, 
del cofre anónimo que nos contiene. 

en esta selva cíclica, yo escribo; 
pongo pisadas en las memorias de nuestros suelos, 
-ejemplos vivos de nuevos posibles verbos- 
y reseño las pausas pendientes, 
abro paréntesis, descubro, 
atravieso, 
                                                escribo 

                                                              para que vos me leas. 



FB: Vanesa Almada Noguerón

Vanesa Almada Noguerón nace en la ciudad de La Plata (Buenos Aires, Argentina), en 1980. Tiene estudios en Letras y en Gestión Cultural. Su labor literaria ha recibido diversos reconocimientos tanto a nivel nacional como internacional, entre los cuales se cuentan el Premio Poesía de las Américas (2008),  Premio Municipal de Cultura CMC (2012), Premio Latin American Intercultural Alliance (2013) y Premio Raúl González Tuñón (finalista, 2017). Parte de su trabajo se encuentra disponible en las revistas de creación literaria Desnuca2, La Avispa, SEA Digital (Arg.), Pangea (Ciudad de Salamanca), Ergo (Universitat de València) y El Humo (Querétaro, México), así como también en diversas antologías poéticas de Europa y Latinoamérica: Colectivo Literario Ó (Puerto Rico; Erizo Editorial, 2012), Poetas y Narradores Contemporáneos (Buenos Aires; De los Cuatro Vientos, 2013), FIPA (Mar del Plata; Editorial Martín, 2014), Entre realidades y poemas (CABA, Editorial Dunken, 2015), Poetas Argentinas (Euskadi; Biblioteca de las Grandes Naciones - Colección Digital, 2015), La Juntada-Festival de Poesía Joven Argentina (Buenos Aires; Ediciones La Guillotina, 2015-2016), El Círculo (Lima; Submarino Ediciones, 2017) y Ahora que calienta el corazón (Madrid; Verbum, 2017), entre otras. Actualmente, reside en la ciudad de Mar del Plata y colabora en Liberoamérica, revista y plataforma literaria. Recientemente formó parte del FIPMAD (Festival Internacional de Poesía de Madrid, 2017). De su autoría: Entre los ruidos© (Baldíos en la Lengua, 2015), Quemar el fuego© (Autogestivo, 2017).



martes, 26 de junio de 2018

La piel de una ciudad





En el Word debería existir la opción contar versos. 
No a cualquiera se le ocurriría esta idea. Con toda seguridad no a alguien que no tenga el hábito (o vicio) de escribir poesía. Escribirla o hacerla. Porque la escritura es solamente una de las configuraciones físicas en las que el poema se deja tramar. Aparece también en el vacío que existe entre los versos tipeados. Y también en lo que subyace bajo las páginas. Pero con toda seguridad, esa persona que hace poesía necesita contar los versos de su manuscrito: importa la cantidad, el tiempo límite, la idea de 'organización' es vaga y volátil. En lugar de eso, hay una suerte de álbum poético fotográfico: donde un verso se explaya, existe una imagen completa que está siendo representada. La literatura no retrata ni reproduce: representa. El poema es construido por una transeúnte cualquiera, un rostro más en medio del maremágnum, piensa (escribe mentalmente):

Sábado a la noche,
camino por Buenos Aires.
Insistió durante años
y aquí estoy: camino.
Un espacio
donde caben mis piernas.
Rápido, como caminé siempre,
a la par de estas personas
que no conozco.
Todos caminan conmigo.
Somos un alma entera,
completa, poderosa.

El poema en presente continuo está sucediendo. Se está poemando ahora, en cualquier instante en que sea leído. Hay una especie de teletransportación constante que emerge del texto. Paula Giglio (Córdoba, 1988) reside en Buenos Aires hace tres años. El libro: Un lugar para mis piernas largas (Caleta Olivia, 2018). La teletransportación no surge de una identificación paisajista: no se trata de un libro de postales turísticas sobre Buenos Aires (lugares comunes, ficciones publicitarias, tango, asado, Maradona y toda la idiosincrasia propia de un libro de poemas temáticos) sino de una especie de lado B. Una ciudad mutante en la cual el yo lírico es también un personaje secundario: se entromete como una caminante más en los bares, los vagones de tren, en la extrañeza misma de lo ajeno, en el estado de turismo permanente. Se deja sorprender y da un lugar para la nostalgia y la lejanía.

Se enamoran en el bar,
se pelean en la calle,
piensan en las plazas,
lloran en el colectivo,
leen en el subte,
descansan en la oficina,
ayudan a sus hijos
a hacer la tarea en Subway,
se consuelan en la fila
del cajero automático.
Vagabundos de la Capital:
no tienen a dónde ir.

En este libro de poemas el urbanismo es materia usual, pero la sequedad aparente del concreto deja entrever cualidades mayores: el cuidadoso armado de los poemas (en su mayoría breves, acentuados por la fuente Bodoni en la maquetación) deja adivinar una lista bien pensada. Se trata de un recorrido infinito: la ciudad que se está narrando es infinita, o lo es la mirada de la observadora, que es voz de demiurgo y testigo anónimo al mismo tiempo. El sabor de lo citadino no es lo que queda al final: hay una profundidad más intimista, que ofrece una sensibilidad exhaustiva del cambio, de la forma de habitar el espacio (hostil y encantador).

En el lugar donde nací,
los trenes
sólo transportan carga.
Acá van llenos
de dicha humana.
Desde el andén, avanza
muy lento, una procesión.
Marchamos
como un pueblo a la deriva;
niños y ancianas dificultan el paso.
Todos tenemos hambre y sed.

La palabra todos en ese poema (acaso el más bello y brutal del libro) no conjura una abstracción, sino la idea de la masa viva moviéndose en un mismo sentido, un mismo caldo virulento que va apurado sin saber a dónde. Paula toma un puñado de imágenes y arma un escenario caótico que, sin embargo, conserva una belleza natural: "la piel de una ciudad: / todo esto es obra del hombre. / No le agregaría ni le quitaría / nada."
Pero la clave está en no pensar los poemas solamente como estructuras textuales (bloques de texto que flotan pletóricos de ciudad, de urbe; porque no es un libro descriptivo de cosmopolis, sino un ejercicio de hábitat). Para leer el libro desde otro ángulo hará falta convertirse en una parte viviente de ese espacio, a través de lo visual, lo palpable. Como ¿anexo? al libro, Paula confecciona (junto con Gabriel Cárdenas y Andrés Restrepo) un retrato documental basado en el libro, en la lectura del libro, y en el registro físico y sustancial que propone la lectura del libro.


Encuentro una apertura en este libro que enmarca una obra mayor: el lado B de Buenos Aires, el no publicitado, el lado más visceral, también es el lado B de la poeta de En el cuerpo (Ediciones del Dock, 2016), que continúa conviviendo con las fuerzas que la escriben. Fuerzas que residen en la lectura de la realidad: las esquinas y las calles, la vida individual y compartida en los pasillos de departamento, y ese "algo en común que nos destruye". Además de ese hallazgo, un apartado para el silencio de la búsqueda interminable: nadie puede apelar a la quietud cuando se lee en un poema la propia tormenta. Se trata de un libro más pesado de lo que parece, sus herramientas aparentemente rudimentarias y despojadas de ornamentos inútiles dejan espacio para lo sustancial: el desplazamiento de la palabra guía el paseo interminable, energías más poderosas confeccionan el cuadro donde nos movemos. Y ese lugar, donde caben las piernas de la narradora, escapa a la volatilidad y al ruido de "las crines de gente apurada": un libro hogar, que sirve para constatar que la poesía habita en el ojo que mira, pero también en cualquier rincón donde se decida a ver algo que modifique para siempre la percepción de este mundo, banal y compacto. Y del otro lado, la vida. Las escenas que pueblan los poemas son de rutina, de nombres de calles y avenidas, de cruces, de recuerdos. Pero alojan en su tejido un mundo más hirviente: un recorrido donde sobrevive el vértigo en medio de lo cotidiano. Un mortal atrás.

La física llega hasta el corazón.
Hay un impulso
que se imprime en el cuerpo
cuando el subte arranca.
La disciplina de ir pegada a las vías
me recuerda: escuchar, escuchar;
dejarse moldear por la inercia.




viernes, 22 de junio de 2018

Un paseo a través del absurdo





¿Cómo se dirá choripán en albanés?
¿Qué es "demencia"?
¿Cómo se dirá bizcocho en kosovarí?

Preguntas como estas aparecen todo el tiempo en la mente despeinada de Miguel Suárez, el protagonista de Suárez en Kosovo (Editorial Entropía, 2018), la primera novela (y primer libro publicado) de Eric Barenboim. Son preguntas casuales, preguntas disparadas por la fuerza misma de la situación (porque la novela está posicionada en un territorio extraño y desconocido, donde somos todos - personajes y lectores - un poco extranjeros y alejados de cualquier idea de normalidad) pero también son preguntas que buscan cavar un poco más hondo: a la esencia misma de las cosas, a su forma y su organismo. El órgano vivo que son las palabras. Y la capacidad que tienen de "encontrarnos". Suárez, un personaje que puede ser tímido y pusilánime en algunos momentos, heroico e inspirador en otros, se deja llevar: se deja atravesar por el paisaje frío, por la distancia idiomática, por la ausencia completa de certezas.

Es fácil escribir historias que se desarrollan en lugares lejanos. Yo las llamo "literatura de turismo": elegimos un personaje que pueda cautivar a pesar de su fragilidad emocional o personalidad arisca, lo ponemos en un paraíso tropical donde se encuentre consigo mismx y rellenamos la falta de caracteres con descripciones de paisajes, atracciones turísticas, lugares comunes para el ojo del viajero. La gente gusta mucho de estas historias, es fácil identificarse con ellas, y más de una vez el lector termina convertido en espectador cuando la novela es llevada al cine. Comer, rezar, amar.

Eso no es lo que sucede con Suárez en Kosovo. Principalmente porque arranca con más dudas que certezas. Y porque nos arroja en la primera página a un país extraño, nada ordinario, nada tendencioso. Todo lo que sucede es - verdaderamente - nuevo. Cualquier coincidencia logística, concordancia espacial o temporal, son apenas pequeñas pistas para no perder el hilo de la novela, pero la historia es en sí misma un extravío. Suárez, un viajante que vende aparatos ortopédicos, deviene en turista, luego en impostor aventurero, luego en preparador físico de un jugador de fútbol que nunca se presenta en la novela, luego residente, luego turista otra vez. El sabor a incertidumbre no se pierde nunca.

A lo largo de 17 capítulos breves (es una narración clasificada como novela breve) Barenboim usa una voz omnisciente y portentosa, la voz del todo, de la nada por el todo. Un narrador que conoce su poder y, de hecho, nos da una probada:

Cuando la humanidad se pregunta qué es la felicidad, cuento la historia de Suárez en Kosovo. No es feliz en todo momento. Tampoco es seguro que en los días de lluvia caigan gotas durante veinticuatro horas. Pero siempre aparece el chaparrón.

Las preguntas van más allá del hábito de supervivencia (aprender el idioma ajeno para comprar un agua mineral, saludar, memorizar direcciones) y se centran en lo sustancial de las cosas: Suárez tiene preguntas todo el tiempo, es un personaje no tan enigmático que es catapultado a mil y un situaciones de estrés por otros personajes que sí son enigmáticos: los kosovares y sus calles con nombres proféticos, los billetes de euros que le caen del cielo, la Residencia Familiar Pristina Dorada (una suerte de mansión de todos y de nadie donde encuentra un atisbo de lo que ha quedado lejos). Después de un tiempo se acostumbra al absurdo de no saber dónde está parado (se acostumbra o empieza a tomarle el gusto) y el paseo a través de lo inaudito se vuelve más palpable. No por eso la novela deja de parir pasajes oscuros, paródicos, donde la fatalidad es el tapiz único.

Anoto que no es sólo la primera novela de Eric Barenboim sino también su primer libro publicado, porque para quienes lo conocemos de antemano es un dato importante. En la solapa del libro se lee: "Eric Barenboim (Colegiales, 1987). Es realizador audiovisual y poeta performático. Suárez en Kosovo es su primera novela". Nada más. Nada de solapas con currículums extensos. La novela se sostiene por su propio peso, por su propia densidad, y es eso lo que importa. Un apartado también para la nota que abre el libro, que advierte el uso del lenguaje inclusivo en algunos pasajes del relato, donde el grafema /x/ representa al fonema /e/. Lxs diosxs. Lxs mellizxs.
Resultando ganadora de la categoría Novela Breve de la Bienal de Arte Joven de Buenos Aires 2017 (con un jurado integrado por Fabián Casas, Gabriela Cabezón Cámara y la editorial Entropía) sorprende que el libro no tenga otras lecturas publicadas: el desparpajo no es su común denominador, se trata de un libro complejo a pesar de ser liviano. En especial ese pasaje, tan atiborrado de imágenes, cual enumeración caótica, que reproduzco a continuación:

Llegaron desde la distancia melodías indiscernibles, entremezcladas. Provenían de altoparlantes diversos, distribuidos por las arterias comerciales en las que torrentes de compradores se confundían. Cerca de los primeros puestitos, Suárez pudo escuchar con más precisión. La voz de un hombre estiraba notas largas, las hacía vibrar, acompañado por una suave percusión. Le recordó al sonido del agua, y pronto se sintió ingresando en un tanque hipnótico.
[...] Vio las pavas eléctricas, los cargadores de celular, los juegos de cuchillos, los relojes, las réplicas de la Torre Eiffel, la camiseta de Messi, la otra camiseta de Messi, y se vio a sí mismo dos años atrás, en Londres, más precisamente en Camden Town, comprando una camiseta trucha del Manchester FC con el 7 en la espalda bajo el nombre "Suárez", para hacerle un chiste a su amigo [...] se sintió perseguido, la multitud hormigueante a su alrededor, se vio comprando una especie de Mantecol balcánico que Junior le dijo que era típico y el sabía que era medio-oriental, y se le ocurrió que tal vez el Oriente fuera sólo sinónimo de exotismo idílico: Uruguay para Argentina, Turquía para Europa, Japón para el planeta entero, salvo para ellos mismos, claro [...].

Después la confusión adquiere una cierta respuesta de lucidez, pero será solamente luego de que Suárez desenrede una madeja imposible entre contratos, trámites, historias corporativas del fútbol y otras cosas que le añaden a la novela un hálito de pesadumbre por encima de lo cotidiano. Al final, como el narrador nos adelantaba ¿sin que supiéramos? se trata de una historia feliz, encriptada por lo extraordinario (pero no lo extraordinario fantástico sino lo puramente extraordinario, lo que escapa a la comprensión habitual). La novela, breve y concisa, relata un poco de historia de la postguerra, un poco del intrincado mundo de los clubes europeos de fútbol (narrándola de una manera entretenida incluso para los que no entendemos un pomo del tema), un poco de paisaje, un poco de enrevesados diálogos que nunca están finalizados porque no hay manera de hablar más: la distancia lo dice todo. En el texto de contratapa del libro dice: "Eric Barenboim ha logrado un libro agudo, cándido y disparatado". Reafirmo lo último: disparatado, sin caer en el efectismo de lo escandaloso, porque la novela transcurre aquí, en nuestro propio mundo. Sólo que mucho más crudo. Más real.





lunes, 4 de junio de 2018

Otras formas de atravesar la oscuridad





Entre las muchas consignas que se presentan a la hora de escribir, las más usuales implican dar con la palabra adecuada. Es decir, proporcionar de lenguaje a aquello que debe ser descrito con certeza. Pero la paradoja de la descripción radica en que mientras más ornamentos posee la imagen, más afectada es su apariencia. Me gusta pensar que, mientras mayor saliva (o caracteres de word) se gasta en una descripción, más verosimilitud pierde el objeto.
Dar con el vocablo preciso ya es una aventura, una tortura, un misión, ¿una responsabilidad?... Pero mucho más difícil es dar con la palabra adecuada para un no-objeto. ¿Cómo posicionar el lenguaje ante ciertas abstracciones imperantes? Muchos eligen construir ciertas figuras para representar aquello que se revela como inefable, a veces con éxito, otras veces colaborando a aumentar la confusión, la duda. Escribir es, entre otras cosas, dudar. Respirar una larga bocanada de incertidumbre y lanzarse a la tentativa de ponerle nombre a esa sensación que acaece cuando el sueño arrebata el cuerpo hacia un territorio desconocido. Por ejemplo:


He cabalgado años sobre mi nombre,
y ahora soy un jinete ciego 

recostado en un jardín envejecido.


El fragmento pertenece a La noche crece como un río solitario (2015), de María Eugenia Simionato (Mendoza, 1987). El poema "es parte de" o "aparece en" un libro con ese título, pero es más acertado decir que pertenece, puesto que cada ejercicio de esta escritura forma parte de un mismo entramado, en el cual "sólo el silencio es feroz", y en donde no pueden leerse órganos separados sino diferentes versiones de un mismo cuerpo. Un cuerpo que camina, que se reconoce abierto a la noche, a las obsesiones galopantes que atraviesan las (¿pocas?) certezas con que consigue llegar a la luz del día. Y, sin embargo, cualquier mínima aseveración, arroja un halo de calma ante tanta tormenta que se recibe con las manos vacías.


En la distancia lo verdadero
pierde su forma original 


El avión está por despegar, 
estoy del lado de la ventanilla. 
El ala oculta una parte de la tierra, 
los sonidos del motor indican que pronto 
estaremos protegidos en el aire. 
No es imposible caer 
pero tampoco es probable que eso ocurra. 
Respiro hondo. 
Hay algo de irreal en todo esto. 
Las nubes parecen árboles transparentes: 
en la distancia 

lo verdadero pierde su forma original.


La distancia y su poder ante lo elemental de lo mortal. La oscuridad como antesala del habla. El ayer como único registro de lo que es propio. Todas las posibilidades o ninguna, en ese poema demencial que no llega a ser triste a pesar de su desgarradora naturalidad. Recordar que no es imposible caer pero tampoco probable que eso ocurra. De alguna manera, ponerlo por escrito es reivindicar una ciencia exacta, física y real y, a la vez, abrigar esa certeza en el oscuro territorio de lo que sucede aquí, en este lado del insomnio y el silencio. El tono con que eso está dicho se denomina transparencia. Se trata de versos transparentes, más corpóreos y no tan fantasmales, pero aseguran venir del germen de una idea mucho más ingrávida. Una idea poética. Una idea flotante, que se reitera en uno de los pasajes más cruciales del poemario:


Dos personas bajo la lluvia 


Miro sin que lo note. 
Está dibujando una persona bajo la lluvia. 
Tengo que observar el pulso de su mano, 
los trazos, el rincón de la hoja que elige, 
esperar que dibuje un paraguas 
(hay algo malo en dejarse tocar por la lluvia). 
El niño me mira, mientras dibuja las gotas
y los charcos en el suelo. 
Un hombre quieto bajo un cielo que estalla. 
“Ya terminé”, me dice, “ahora tengo que dejar que se seque”. 
Pone el dibujo cerca de la ventana, 
como pidiendo que el sol se acerque. 
Tengo que interpretar, pedirle que cuente una historia. 
“Es un nene que se ha perdido y la lluvia no lo deja avanzar. Los padres lo han abandonado”. 
(Claro, ahora comprendo por qué no hizo el paraguas). 
Entonces le pregunto algo que en el fondo me avergüenza: 
¿Cómo se protege ese chico bajo la tormenta? 
“Con sus manos, es lo único que tiene”. 
Mi función es agregar un significado, 
llenar de sentido un dibujo que aún está secándose. 
Yo pregunto y él responde. Y mis preguntas se disuelven, 
y al mismo tiempo insisten, como otra lluvia, 
donde no encuentro protección. 
Es cierto, las manos son demasiado pequeñas 
como para detener la torrencial angustia. 
Y, sin embargo, lejos de pensar en un acto heroico: 
¿No hay cierta valentía en sabernos desprotegidos? 
Me indica que es mi turno y mi pulso tiembla. 
Observa la forma de las gotas que dibujo, 
la mujer con el paraguas mal abierto, 
los zapatos mojados. Las manos escondidas. 
La expresión de pánico en su rostro. 
Y, con el sol entre las manos, dice: 

“Ahora te toca a vos contar una historia”.


¿Lo que se pone a secar es el poema o la tormenta que lo habita? ¿Es el poema un registro de la tormenta? ¿O acaso es la tormenta una de las formas con la poesía nos encuentra? Del otro lado de la historia hay mucho más que una breve anécdota de consultorio psicoanalítico: el marco dramático no es otra cosa que una excusa para ver si nos recordamos a nosotros mismos cuando nos tocó hacer ese mismo dibujo. Otra vez: consignas.

Lo que también es una certeza (aunque al principio se presente como frágil y espontánea) es ese final: saberse aquí, en la desnudez de la duda, es el dibujo completo. El boceto final, que termina en un verso que reza: "¿Qué diremos de las hojas cuando caigan / y el pasado de su agua nos empuje?". La pregunta es poesía. Una respuesta a la altura de la misma sería callar, señalando el sentido en que corre el agua, observarla, dejarla ser. Dejarnos ser leídos por el mismo río.







viernes, 1 de junio de 2018

Paisajes desesperadamente vivos




Lo pasivo del paisaje es siempre aparente: donde reina una atmósfera de quietud, es seguro que hay formas de vida reptando secretos rincones. Lo bucólico es una excusa: lo verde, lo vegetal, lo salvaje, lo que está exento de manipulación industrial, es una película que protege lo que se está refugiando dentro. No casualmente eso que siempre se abriga es la palabra. Porque posee un poder, también, natural.
El paisaje se transforma en el ojo del observador: donde no se sabe ver (o donde no se mira con suficiente paciencia) quedarán vedadas esas formas de vida secretas: pequeños quiebres en la corteza de los árboles, insectos que emergen de la tierra, gotas de lluvia que se deslizan entre las nervaduras de las hojas.
La palabra también es una forma de vida que requiere atención y paciencia: encontrar el vocablo adecuado para el momento adecuado es, a veces, una tarea silenciosa y tortuosa. Esa parece ser la tarea: observar con tiempo y desapego, convertirse en insecto del bosque, convertirse en hoja, monte, perro, distancia.


Es difícil comulgar
con la naturaleza [...]
A veces el paisaje
se resiste a ser habitado.


Esa aseveración aparece entre las muchas que escribe Jimena Arnolfi en Hay leña (Caleta Olivia, 2017). Pero no se trata de aseveraciones secas, rotundas, como leyes firmadas. Y tampoco se trata de un poemario lleno de postales naturales: Jimena Arnolfi no escribe poesía turística elogiando las florcitas ni se retrotrae a los lugares comunes del campo. En lugar de eso, se dedica a registrar (con la habilidad de quien sabe ver en la profundidad del descontrol) lo más rotundo de la vivencia, lo más golpeador (a veces, lo que parece ser lo más banal), lo que la regresa a estar viva constantemente:


Para llegar al altar del Gauchito Gil,
pedaleo kilómetros de ripio
y se corta la cadena a mitad de camino.
A veces todo se vuelve muy literal.


Hay leña está plagado de imágenes, señales luminosas que recortan el camino y acercan una secuencia, un modo de vida, un pequeño momento para inmiscuirse en esa voz que se interna en el monte con sus perros, que devoran los animales muertos. Pero no se trata de un libro-viaje donde las imágenes van solamente por fuera, descritas desde el ojo que observa, como un regalo para el lector de poesía encerrado en su departamento. En realidad, este es un desplazamiento doble: donde está la construcción del afuera, la palabra hace experiencia el adentro. Se trata de un viaje más visceral, que por momentos apela a la brutalidad de esa distancia para acariciar una inmensa certeza, o una pequeña esperanza final (el fragmento más hermoso del libro):


Colgaré al sol todo lo que duele
a ver si sana algo alguna vez.

Sería más fácil para el olvido
que pase el temporal, hoy
quiero ser más fuerte.








jueves, 29 de marzo de 2018

XVIII La Luna





Dos perros callejeros, en la madrugada,
se batallan una deliciosa bolsa de basura
y le aúllan poemas a la luna.
Se huelen, se muerden, se ladran furiosos,
se alimentan de residuos putrefactos
de huesos pelados, de desperdicios crudos.
En la esquina parpadea el poste de luz
hasta morir definitivamente
y todo queda a oscuras.
Las sombras desparramadas
forman cuerpos, trepan paredes, ingresan
por debajo de las puertas
y se entrometen en los sueños húmedos
que crecen como enredaderas.
Los únicos sonidos que sobreviven
(la estática de una radio, ronquidos,
una canilla que gotea, grillos y coyuyos)
se van apagando poco a poco
y mueren en algún lado de la noche.
Los perros de la calle, mientras tanto,
se arrancan los pelajes con rabiosas mordidas.
De vez en cuando titilan luces azules
de patrulleros que rondan lentamente.
Debajo de mi almohada un bosque se incendia
y trepo un árbol con mis pocas pertenencias:
un walkman, un casette, un block de hojas.
Alcanzo a escuchar ladridos que se acercan
ladran elegías y pesadillas, 
chorreando babas y sangre.
Dejo que me devoren esos cánticos,
que se alimenten de mi carne.
Para cuando las llamas nos alcancen
seremos parte de la misma bestia.
La luna, arriba en el cielo, en el techo de chapa
color aluminio, como si nada.
Para cuando despierte y salga, el mundo
será otra cosa: un cementerio universal
un parque radioactivo, un río hambriento
que se desborda y nos inunda, y nos lleva
a otro sueño, otro laberinto,
otra forma de cerrar los ojos, tararear una canción
escaparse de la realidad
o dinamitarla.




m.f.



The End of Evangelion (1997)


miércoles, 21 de febrero de 2018

La muerte que florece




Mi padre murió un día muy hermoso. Con cielo despejado y agradable temperatura (un delgado frío con viento, tan ansiado en el subtrópico seco de siempre).
En su convalecencia, mi padre era un señor delgado, tibio y silencioso. Le dábamos agua con cuchara, pero hacía dos días que sus signos de vida eran casi nulos: apenas una respiración jadeante que se dejaba oír de vez en cuando.
A mí me tocaba cuidarlo de noche: estaba seguro de que el insomnio que me acompaña desde los catorce años algún día tendría un propósito útil. Cada media hora o cuarenta minutos iba a verlo, mojaba sus labios o secaba las lagañas. La madrugada del diecisiete de julio del año pasado decidí, por alguna extraña y desconocida razón, que iba a volver a ver The Shinning.
¿Cuántas veces repetimos las películas que más nos gustan? ¿Cuántas veces las volvemos a ver y encontramos nuevos detalles, nuevos gestos, nuevos paisajes inmóviles? En alguna escala de nuestra cinéfila enfermedad, llegamos a memorizar diálogos, atmósferas, desplazamientos. Pero las seguimos viendo hasta el final, nos sentimos acogidos en esa tenue luz que emana de la pantalla.
Solamente unos diez minutos habían transcurrido del film de Kubrick, cuando mi madre tocó a mi puerta, se adentró en el cuarto, prendió la luz y me dijo: Vení a ver… parece que tu papá ya ha muerto. Puse pause a la película, dejé la notebook a un costado de la cama y me levanté con cara de incrédulo. Sólo hacía veinte minutos que lo había ido a ver por última vez, todavía había logrado oír sutiles movimientos, el mismo sonido de la garganta áspera dejando entrar el aire, la misma presencia que se advierte en un cuarto a oscuras, por más pesada que sea la penumbra los hilos de vida dejan acuciar su ser.
Fuimos al cuarto de mi padre, tomé un espejo para revisar su aliento y, para mi sorpresa, estaba muerto en efecto. Ojos cerrados, brazos y manos al costado del cuerpo, labios apenas entreabiertos, la barba crecida y canosa. La misma posición de hacía dos días, la misma posición que su cuerpo mantendría hasta el final.
En Occidente – y sobre todo en Latinoamérica – los terrícolas suelen tener las ideas despeinadas con respecto a la muerte. Todos quieren consolarte, todos están convencidos de que necesitas su aliento, su contención, su sobre manera. Abundan las palabras de apoyo, de acompañamiento, de afecto, a veces. Sobran las palmadas, los abrazos innecesariamente largos, los besos húmedos, y los rostros indeseables de siempre. Nos han enseñado a poner siempre la otra mejilla cuando se trata de la muerte, porque de eso no se habla, porque eso no se toca, y porque todos somos débiles mortales ante la muerte que llega y nos deja desolados. Casi hasta pareciera que somos conminados a ese lugar mínimo y reducido dentro del abrazo ajeno. Somos juzgados como incapaces, como los deudos, los que ahora no pueden.
Jamás juzgué las buenas intenciones de los brazos que se acercaban sin permiso, pero poco a poco trataba de alejarme, para estar tranquilo y sacarme de encima el tufo a desorden emocional. Porque cuando has cambiado los pañales de un moribundo, y cuando has oído las últimas palabras con una asombrosa nitidez, un día cualquiera, te das cuenta de que la muerte es un fenómeno telúrico que llega así, sin grandilocuencia alguna. Como si se posara suavemente sobre la noche y arrebata un poco de luz. Nada más.
Cerca de las ocho de la mañana, cuando ya habían desfilado por casa policías, servicios de emergencia, personal del hospital con planillas y hasta bomberos, el hogar quedó en silencio nuevamente, con el cuerpo de mi padre ahí, en su cama, como si esperara paciente a ser transportado. Llevé la notebook a la mesa del comedor y desde ahí alcanzaba a ver su silueta recostada. Iban a ser largas horas de espera, un día largo. Porque nadie te avisa lo difícil que es morirse: mi padre seguía legalmente vivo hasta doce horas después de su último respiro.
Pulsé play para seguir viendo la película de Kubrick. En la biblioteca estaba la novela de Stephen King, acumulando polvo de a poco, pues el escaso tiempo libre no me permitía pasar el paño de costumbre a todos los libros. Iba por la parte en que Danny charla con el cocinero: conversan sobre los límites de la percepción humana, sobre nuestra sensibilidad para acceder a retazos de la realidad que nos son vedados. Es una escena hermosa y oscura. Pero dura poco.
Al instante llegaron a mi casa los primeros parientes con los mocos sueltos. Los miré de reojo, esforzándome por dar a entender que no estábamos parados en el mismo suelo. ¿Qué habrán pensado al verme ahí, en la mesa del comedor, mirando un thriller de 1980? Nada halagador, tal vez. Lo normal hubiera sido verme hecho pedazos, gritar el nombre de mi padre, pedir y clamar al alto cielo por su inmediato regreso. La efusividad que caracteriza a la raza humana cuando se trata de tragedia y adversidad es signo de cordura y buenas maneras. Lo contrario es signo de frialdad, de insensibilidad, de inhumanidad.
Las últimas palabras que escuché decir a mi padre habían sonado una semana antes, cuando aún levantaba los brazos y podíamos moverlo para limpiarlo. Mario, ya me voy yo, había dicho. Bueno, papi, bueno, respondí. Con mi mamá sonreíamos de vez en cuando, dándonos cuenta de que tal vez quien hablaba era la cordura escondida en el fondo de la enfermedad, o la conciencia última que atisbaba un toque de calma: hay que seguir yendo.
Despedimos a mi padre con un abrazo, ahí al lado de su cama, mi madre y yo. Quizá lloramos un poco y coincidimos, juntos, en que ahora ya estaba descansando. Toda una historia de equívocos y resplandecientes disfuncionalidades familiares quedaba atrás, como siempre ocurre cuando se trata de seres silenciosos, ofuscados. Todo lo demás fue el circo convencional de costumbre: sala velatorio, flores, velas, rostros desconocidos que aseguraban tener la misma sangre, café barato que venía junto con el paquete del servicio de sepelio.
Yo me seguí acordando, a lo largo de la tarde y noche, de la escena de la cocina de The Shinning: hay un escueto resplandor misterioso que te permite ver ciertas cosas. Cosas que nos podrían hacer mal. Cosas que dañarían mucho la piel de los demás si las dejáramos salir. Cosas que existen, aunque no tan evidentes. Cosas más corpóreas que un fantasma, pero más débiles que la realidad. Sentir no siempre es ver. O casi nunca lo es.
Durante toda la jornada hubo un montón de gente llorando, abrazándose, abrazándonos: haciendo el esfuerzo por hacer notar que estaban, que te acompaño en tu dolor, que ya va a pasar, que tenés que ser fuerte. Pero si yo no te estoy diciendo nada, me daban ganas de decirles. Pero era inútil: el silencio no es tiempo perdido. Sus buenas intenciones estaban, eran ciertas; es la forma en que nos han curtido: el dolor es más soportable cuando se comparte, cuando no nos ocultamos tras el muro inexistente de la ilusión.
Al mediodía siguiente enterramos el cuerpo en un cementerio tan nuevo que estaba prácticamente vacío de tumbas. El parque estaba soleado, y solamente relucían las pocas placas dispersas a unos metros. Todos tomamos un puñado de tierra y lo arrojamos sobre la madera del féretro. El servicio de sepelio había aclarado que nos llevaban al cementerio – bastante lejos, entre Tartagal y Mosconi, en medio de la ruta 34 – pero que el regreso no estaba incluido, debíamos solucionarlo solos. Al final, el chofer nos llevó de regreso cuando vio que no había pasado ni media hora desde el entierro.
Llegamos a casa, nos bañamos, y por primera vez sentimos el peso de la vida en cada centímetro del cuerpo y las paredes. Hasta el techo de la casa estaba vivo, sonaba, hablaba. Mi madre me pidió que agradeciera a todos en un mensaje de Facebook. Para que sepan, me dijo. Hice un posteo breve y conciso, con una foto de mi padre cuando era joven y trabajaba en el Hotel Espinillo, lugar emblemático y quizás altamente sobrevalorado de por aquí.

No fue hasta muchos días después que me di cuenta que seguía con la película interrumpida, llevar la notebook al velorio durante la noche habría sido encantador pero muy mal visto. Simplemente nos habíamos quedado en vela, despiertos, unos pocos, hablando de cualquier cosa al lado del cajón, yendo y viniendo a la vereda del invierno. Solamente entonces, cuando el cuarto de mi padre quedó vacío, y ahora que mi madre anota misas a su nombre cada vez que llega el día diecisiete, recordé que tenía que seguir viendo The Shinning. Pulsar play siempre: continuar buscando la salida del laberinto o, en su defecto, inventar una.




martes, 5 de diciembre de 2017

Breve relato psicodélico sobre el fondo del mar






Es asombrosa la cantidad de especies que aún desconocemos, que se andan paseando por los acuosos sueños, y que emergen con forma de monstruosa calamidad. Una polución nocturna. Un derrame de temor, de semen, de gotas de vida. Una tenue luz que titila, y nos tienta a perseguirla por los corredores del infierno. Como si fuera posible saciar el hambre de luz. Que es eterna para todo ser. Como si fuera posible extinguir la sed de oscuridad. Que la llevamos dentro desde el mismo instante en que somos concebidos dentro de las entrañas de un pez linterna. Andan por ahí, en sus remolinos de agua salada, cuerpos trampa: sus fauces repletas de dientes. Cuerpos lámpara: con una sutil luminosidad. Zambullirse y aguardar con paciencia el final: seremos comidos. Todos nos devoran tarde o temprano: la boca de algún ser nos desea con desesperación. Otro humano o alguna bestia abisal, que nada con recaudo entre ese silencio que reina en el fondo del mar. Hay nula esperanza de eludir este destino ¿Quién sos, acaso? ¿Hoy sos pez o turista nadador incauto? ¿Ves la luz? ¿Ves la luz? Esto no es un túnel. Ni tampoco una pesadilla de la cual se huye. Apenas enfrente una voz: se alcanza a percibir su susurro: musita alguna oración para navegantes: para los hombres débiles que se pierden en los océanos: que están repletos de amenazas y otros monstruos apenas visibles para el ojo melancólico humano. Entre ellos se encuentra una enorme criatura con mil ojos. Y otra, que tiene alrededor de mil años. Otra más: que guarda en su interior cerca de mil cadáveres de viejos pobladores de la tierra. También sienten sueño, desamor, hastío. Saben que existen las estrellas. A diferencia de nosotros, que orbitamos como si nada aquel fuego que ya no consigue conmovernos. Porque en el mar y en su fondo se encuentran millares de recuerdos inútiles: navíos hechos de bosque o minas de carbón, ciudades que un día fueron, huesos de otras aventuras.  De hecho, en la más ofuscada de las realidades – la que padece y goza de completa oscuridad – se encuentra ese otro lenguaje: que no se limita a signos brutos de cartílago y aire, sino que está compuesto de vibraciones mentales: como en débil resonancia de un pensamiento atroz, todo nos acerca y nos aleja. Y luego nos convertimos en habitantes del submundo, branquias floreciendo como heridas ocultas. Nadie sabe a ciencia cierta qué tiempo nos lleva: podrían ser muchas las generaciones de ineptos las que sean necesarias para acostumbrarnos al futuro en el mar. Miles de guerras atómicas, con sus respectivos héroes de yeso y carbón. Hasta entonces ahí estarán esas bocas monstruosas: nos aguardan, como al más suculento bocado, que un día descenderá del cielo con apetitoso aroma de sangre y músculos, envueltos en vistosos trajes de baño de la era dos mil, tan seguros de nosotros mismos, y entonces ¡blam! Un bocado sordo y mudo. Y seremos parte de esa otra naturaleza: en la profundidad de un helado – y cruento – sueño, en los confines del Pacífico que, según dicen, no tiene memoria alguna para palabras con tan poco significado. Fin.





Stanley Donwood